M

No sé por que pero me acordé de cuando llamé por teléfono a M para salir a carretear -en mi época dionisiaca donde la vida era una fiesta- y ella, que era la más carretera de todas las chicas de Antofagasta, me dijo que no podía, que se tardaría un par de horas todavía porque tenía que practicar. M tocaba el violín, no como los dioses, pero bastante bien a mi entender de hombre enamorado, pero me sorprendió el hecho que practicara a diario. Una hora, quizás un poco más me confesó esa noche cuando ya correctamente tenía su cerveza en la mano. Ya era mayor, tenía 19 ó 20, su carrera de violinista no iría muy lejos, conciertos locales básicamente pero así y todo ella perseveraba. La imaginé por las mañanas emergiendo a eso del mediodía de entre las sábanas, habiendo faltado una vez más a la universidad, con resaca, deseando un cigarro y quizás todavía en pijama buscando un par de partituras, afinando su violín, dándole una pausa al desorden de su vida, tocando una o dos piezas en medio de su habitación en llamas, ascendiendo quizás un rato hacia lo puro, lo alto, lo etéreo y luego regresando a toda esta vida de caos, a lo que no puede ser controlado.

Anuncios

gatos

Temporada de gatos. Viene mi vecino a pedirme que le cuide su gato una semana mientras se va de viaje. El problema es el típico que tengo siempre con los gatos: tratar de no encariñarme demasiado para después no echarlo tanto de menos. Recuerdo cuando en Antofagasta llegué a vivir en una casa con nueve gatos y las complicaciones terribles que aquello ocasionaba. Anoche dormí de forma muy placida; a las seis de la mañana sentí ruidos en la cocina. No podía recordar que había un gato en la casa pero me sentí extrañamente tranquilo cuando lo encontré con su cara de inocente y el pimentero roto en el suelo. En el trabajo hay otro gato que se sube a mi silla y se acurruca en mi espalda buscando las primeras caricias del día. Gatos por todas partes. Recuerdo el cementerio de la Recoleta, lleno de gatos instalados cómodamente sobre los mausoleos, como en casa. Los egipcios los consideraban una suerte de guardianes entre este mundo y el siguiente. Tener un gato entonces es como una suerte de recordatorio: después de esta hay otra vida y después de esa, otra más. Por eso descansan tanto supongo, para no agotarse tanto por ese ir y venir de mundos. Por eso tampoco se despiden, porque saben que alguna vez volveremos a vernos. Después de siglos un gato que se aparece entre la niebla y se echa igual que siempre, como si nunca nada hubiese ocurrido.

cronomoto

“El norteamericano más gracioso de su época, Mark Twain, siendo setentón como yo, encontraba la vida tan agobiante para sí mismo y para los demás que escribió lo siguiente: «Desde que soy adulto, nunca he querido que ningún amigo mío liberado de ese peso regresara a la vida». Lo dice en un ensayo sobre la muerte súbita de su hija Jean, ocurrida pocos días antes. Entre las personas a las que no habría resucitado estaban Jean, otra hija, Susy, su querida esposa y su mejor amigo, Henry Rogers.
Twain pensaba así aunque no llegó a ver la Primera Guerra Mundial.
Jesús dijo que la vida era espantosa en el Sermón de la Montaña: «Bienaventurados los que lloran, bienaventurados los mansos, bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia».
Henry David Thoreau escribió esta famosa frase: «El grueso de los hombres lleva una vida de callada desesperación».
Así que no tiene nada de extraño que envenenemos el agua, el aire y el suelo, que construyamos artefactos de destrucción cada vez más ingeniosos, tanto industriales como militares. Seamos totalmente francos, para variar. La mayoría de la gente no ve la hora de que llegue el fin de mundo.
Mi padre, Kurt sénior, un arquitecto de Indianápolis enfermo de cáncer cuya esposa se había suicidado quince años antes, fue arrestado por saltarse un semáforo en rojo en su ciudad natal. ¡Resultó que llevaba veinte años sin permiso de conducir!
¿Saben qué le respondió al agente que lo detuvo?
—Pégueme un tiro —le dijo.”

Kurt Vonnegut, Cronomoto

celular

Leo que Don Delillo no tiene celular. No es que no tenga smartphone, no tiene ni siquiera esos de conchita. Nada de nada. Dice que se ha pasado años viendo como la gente se queda más pegada a sus teléfonos, como la abstracción (o el secuestro) va en aumento. Como el peso de la vida pasa de lo corpóreo a lo digital. Intentando resistir la embestida me bajo esas apps que controlan los flujos de tiempo. Moment por ahora me tiene en verde, 20 minutos hasta ahora de uso de celular. Me pregunto cuando llegará a amarillo, cuando a rojo, o que color viene después del rojo… ¿el morado, el negro? ¿Cómo le alertas a tu alma que está siendo secuestrada? ¿Y qué color refleja exactamente el punto de lo inexorable, la perdición definitiva?

H

Hace rato que no veo a H, incluso jugué con la idea que se había ido de San Pedro. Pero me explican que no, que va derechito de la casa al trabajo y viceversa, lo que en vocabulario técnico se dice “estar chantado” evitando las tentaciones mundanas que, como cantos de sirena, llevan al hombre a su perdición. Me acuerdo entonces de los carretes que me pegué con H, notables todos y en como estará llevando esta nueva etapa monacal de su vida. Pero lo entiendo, la intensidad de la bohemia puede ser amenazante y entonces es mejor volver a los valores tradicionales de la familia y del trabajo, hasta que un día -porque inevitablemente tiene que llegar ese día -, H vuelva a lanzarse, con más fuerza que antes, más seguro que nunca, y consciente que nada es más hermoso que el destino que negamos pero que es justamente el nuestro, la vida verdadera que no puede durar, condenada pero bella, sobretodo eso, bella y resplandeciente y condenada a desaparecer al final de la noche.

metro

El metro como un zoológico de cristal. Un cincuentón espía la conversación del celular de la chica que va sentada a su lado. La chica va tan absorta que no se da cuenta. El cincuentón sonríe, se asombra, asiente levemente ante los vericuetos de esa vida que por unos pocos momentos le es permitido ver. Es un amigo invisible, quizás un padre potencial que la chica no ve ni vera nunca.