Aprender a no desear

Isaiah Berlín: Ésta ha sido una de las grandes formas que tomó la fábula de las uvas verdes. Si no podemos obtener del mundo aquello que verdaderamente deseamos, debemos aprender a no desearlo. Si no podemos conseguir lo que queremos, debemos aprender a querer aquello que podemos conseguir. Ésta es una fórmula muy frecuente de la retirada del espíritu hacia lo profundo; es la retirada hacia cierta ciudadela interior, en la que tratamos de encerrarnos para evitar todos los males del mundo que nos espantan. El rey de mi región —el príncipe— confisca mi tierra: yo no deseo poseer tierra. El príncipe no quiere darme un rango: todo rango es para mí trivial, carece de importancia. El rey me ha despojado de mis bienes: los bienes no son nada. Mis hijos han muerto por desnutrición y enfermedad: los apegos terrenales, e incluso el amor por los hijos, no significan nada para mí frente al amor por Dios. Y así sucesivamente. Gradualmente, nos cercamos con una pared impenetrable para disminuir nuestra superficie vulnerable; deseamos que se nos hiera lo menos posible. Se han acumulado sobre nosotros todo tipo de heridas, y en consecuencia, deseamos contraernos lo más posible, para quedar expuestos mínimamente a nuevas heridas.

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Bienvenidos al Fin del Mundo

–La Tierra es malvada.  No debemos sentir pena por ella. Nadie la echará de menos.
–Entonces, puede haber vida en otro lado.
–No, no la hay.
–¿Cómo lo sabes?
–Porque sé cosas.  Sé que estamos solos.

Melancholia es la ultima producción del siempre polémico cineasta danés Lars Von Trier, un autor cuyo fatalismo alcanza en esta ocasión proporciones cósmicas y donde es la propia humanidad la que se enfrenta a la posibilidad de su extinción producto de un planeta errante –el planeta Melancolía–, que en su curso de astro vagabundo se encuentra a punto de chocar contra la Tierra.

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El Imperio del Dinero

Veo llegar a mi polvoriento pueblo a un grupo de estudiantes de astronomía.   Son jóvenes, su universidad está en paro, así que vienen a San Pedro a hacer lo único que queda por hacer en la vida: ganar dinero.   Al día siguiente los visito en su improvisado hogar, donde viven hacinados, en extrañas condiciones: sacos de dormir mezclados con telescopios, mantas y cojines arrumados con binoculares y mapas estelares.   Oigo el discurso de inducción del líder de la banda: ganaran 20 lucas diarias más propinas, eso no lo ganan en ninguna otra parte.  Los jóvenes astrónomos asienten, profundamente convencidos.  Por la noche, con una botella de vodka en medio, converso con uno de ellos: admite que desde que se inicio el paro estudiantil no sabe que hacer con su tiempo, que tantos años estudiando astronomía, hicieron de él poco menos que un ermitaño perdido entre libros y complejísimos cálculos.


El problema es interesante desde distintos puntos de vista que intentare revisar someramente:

1. la cuestión del tiempo.  No es como diría Proust, el tiempo perdido.  Es en realidad, el tiempo sin dueño.  Pareciera ser que si al ciudadano promedio un ente externo, llamase profesor, padre o jefe no le dice como ocupar la mayor parte de su tiempo, éste queda a la deriva, naufrago, entregado a la luz catódica del televisor o la pantalla del computador.   Un pájaro salio en busca de una jaula, decía Kafka, lo que parece ser el imperativo de nuestra época: buscar rápidamente una servidumbre, un lugar donde nuestro tiempo se trasforme en la mayor cantidad de dinero, y no hay nada más de que hablar.

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