Un lento aprendizaje hacia la obra de Thomas Pynchon

Uno: la figura icónica de Thomas Pynchon suele ser desconocida para el publico chileno más que nada porque en Chile nadie lee un cuerno, pero también porque la mayor parte de los libros de Pynchon superan fácilmente las 900 o 1000 paginas y, además, porque librerías como Ulises, Metales Pesados o Altamira suelen ofrecer dichos volúmenes a precios exorbitantes o derechamente escandalosos, lo que precisamente, no contribuye al auge de este autor entre las masas.

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Bariloche de Andres Neuman

Esta novela, escrita a los 22 años por el hiperkinetico escritor argentino Andrés Neuman (Buenos Aires, 1977) resultó finalista del XVII Premio Herralde de novela.* Estar plantado a esa joven edad ya entre las cimas de Hispanoamérica no es precisamente cuestión de suerte.

Incisivo, Neuman es un escritor que practica lo que Bolaño alguna vez catalogó como literatura de los ojos abiertos, esa atención continúa sobre los otros y sobre el mundo en general, un continuo proceso de aprendizaje sobre los demás que el propio autor pregona. Recuerdo que la tarde posterior que conocí a Andrés Neuman practique su método. Me fui caminando al metro en santiago intentando estar los más atento posible. ¿Qué es lo que vi? Muchas más cosas de las que en principio creí que me encontraría: vi a una señora de color, con unas flores marchitas en la mano, y a su hija, que la seguía detrás y las lágrima se le escapaban por los ojos; vi a la señora del aseo en el metro con una muñequera en el brazo derecho, el mismo que usaba para sujetar la escoba, los labios fruncidos y el dolor contenido dibujado en el rostro; vi a un adolescente gordo intentando leer una condorito, pero que a cada rato se desconcentraba producto del efusivo ponceo que una pareja de pokemones, a su lado, se prodigaban lujuriosamente. En el metro, vi a un tipo delgado, de no más de 15 años, peinado a la gomina que leía El Secreto fervorosamente y parecía creer a pie juntillas que ese libro cambiaría su vida; vi una madre con su hijo, ambos de rasgos semejantes y con el ceño fruncido intercambiando bostezos que se contagiaban mutuamente una y otra vez como dos hipopótamos soñolientos; vi a una chica de formas voluptuosas encender su ipod y poner un video homo-erotico que parecía estar viendo por milésima vez y vi a un dealer cincuentón, vestido de pies a cabeza con Lacoste, que miraba a las colegialas con mirada triste, con algo parecido a la nostalgia.

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Las clases de escritores.

Anoche, en una de esas veladas literarias que suelo organizar con mis amistades surgió el tema, o la controversia bizantina si se prefiere, acerca de quien es y quien no es escritor. Hubo variadas opiniones, argumentaciones surtidas, discusiones, caras enrojecidas por la rabia, amenazas de violencia física, cachetadas y llantos. A la mañana siguiente, después de tomarme un analgésico para el dolor de cabeza producto de los numerosos bebidas alcohólicas que había consumido junto a la créme de la créme de la comunidad literaria san pedrina y después de abrir las ventanas para que se airee un poco la casa, me siento, me veo llamado a la obligación, de resumir los corolarios o conclusiones a las que llegaron mis conocidos la noche pasada acerca del tópico en cuestión:

1.

 

En principio se puede hablar de dos clases de escritores.  Los primera de estas clases son los escritores que podríamos llamar naturalistas, aquellos que parecen no sentirse de ningún modo a gusto haciendo otra cosa que no sea escribiendo.  Escritores que no tienen una pulsión por escribir sino que básicamente no tienen pulsiones por ninguna otra cosa y que han interiorizado, acaso desde la más tierna infancia, el consejo que Raymond Queeneau le dio a Margarita Duras: usted escriba y no haga nada más.  Cuando pedí ejemplos de esta categoría, alguien anoche sugirió Rilke, lo que fue respondido con un grito o un alarido reprobatorio de uno de los presentes, aduciendo que Rilke era poeta, y no escritor (otra vieja y bizantina discusión).  Al final, después de un par de amenazas histéricas, se decidió que ejemplos, más o menos cercanos de estos escritores serían gente como Martin Kohan o Alejandro Zambra, gente que no puede decirse que están fuertemente inclinados hacia la literatura, porque eso implicaría un movimiento de cercanía, de proximidad de dos entes distintos, y en realidad, son personas que respiran, hablan y piensan literatura las 24 horas, que acaso, son la Literatura en sí mismos.

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