Ha llegado carta…

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Andrés:

Como sabes, soy una ávida lectora de fanfics y estoy acostumbrada a la dinámica de comentar cada capítulo que leo. Mucho hago desde la emoción provocada, otras desde la comprensión ante alguien que si bien se nota no escribe frecuentemente, quiere contar algo. Otras veces desde la curiosidad e incluso del agradecimiento porque como escritora, sé lo que cuesta sacar cada entrega adelante, sin esperar más que un comentario, que compartir nuestro fanatismo y rezar para que no nos plagien.

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El pianista

Todavía pienso en ese exitoso pianista que se iba a tomar un año sabático para simplemente pensar en como debía seguir tocando. Para experimentar, para aventurarse, también para dejarse caer en el silencio. Sus amigos, que lo admiraban, le decía que era una locura posponer o cancelar sus conciertos pero el pianista, hasta donde supe, se mantuvo inflexible. La terrible noción que lo autentico está siempre muy cerca del apartarse de la norma, del no hacer, de huir del ajetreo diario.

Identidad

El problema de la identidad. C. dice que somos unos gringos en el exilio, que lo más fácil es volver a USA y chao. Pero hay matices, digo yo. No, nos gustan las películas gringas, el sushi, las bandas de death metal noruego, los escritores ingleses y la comida mexicana. Tenemos de chilenos lo que tenemos de lapones, insiste y se va a sacar la visa a la embajada. Tiene que ver menos con los gustos que con el paisaje, prefiero pensar mientras C. me envía fotos en el Golden Gate abrazado a una gringa pecosa que acaba de conocer. Tiene que haber un lugar que no sea de desarraigo, donde uno puede reconocerse, sigo rumiando mientras C. me envía la invitación para celebrar la boda con la gringa pecosa (y también la obtención de la visa de residencia).

Los hipsters

La literatura es un cuarto que arriendas en un Hotel que ahora pertenece a los hipsters me dice P. ¿Significa que está mal que viva aquí? le pregunto. P. se encoge de hombros. “Eso solo depende de que tan hipster seas” La música, el cine, la pintura y la escultura también son cuartos de ese hotel y también son del mismo dueño. Dejarse la barba es la consigna.

Suicidios y lenguaje

Leo una nota sobre el ultimo suicidio en Costanera Center. El articulista le echa la culpa al sistema neoliberal y claro, no es para obviar el hecho de matarse en un mall. Pero más allá del simbolismo la nota entera me incomoda, su léxico: “endeudado, cesante, si con el sueldo que tenía estaba amarrado a trabajar literalmente mil años para tener una jubilación decente”. Las palabras que usan son correctas para describir el problema y al mismo tiempo son inexactas. El 80% de los chilenos está hundido por el sistema, pero decir sistema es como decir “mago de Oz”. Me refiero a que esa clase de palabras dan al problema tintes irrevocables, cuando es levantar la cortina y ver que no hay ningún mago de Oz, solo un viejito al lado de un órgano y un micrófono metiendo boche. Entonces el problema es doble: tanto el “sistema” jode a la gente, como también el lenguaje que dota a ciertas palabras de una fuerza que no es tal.

Conservadores

La mejor formula del conservadurismo para sostenerse es el pensamiento inverso que es capaz de generar: el tipo que fuma pero que se promete que el próximo mes lo va a dejar. Aquel que odia su trabajo y dice que a fin de año se buscará otro. El origen de dicho pensamiento, la mayor parte de las veces, no es de ese otro que uno quiere ser, sino del ser que uno ya es y que por medio de de esa trampa puede seguir siendo. El conservadurismo siempre nos dice “el futuro será distinto y mejor” y con eso mejor se arraiga y sigue hundiendo nuestro presente.

Fama

Está esa especie de sueño de dominio en aquel que quiere ser recordado: el apoderarse de los pensamientos del otro, lo mismo que su atención, quizás de su envidia. Como el general romano que quiere conquistar las Galias, aquel que busca la fama, busca someter al otro a su propio arbitrio mental, aunque la mayoría de las veces no es consciente de este gesto. Piensa solo en sí mismo: quiero ser recordado, no necesariamente con malicia, sino por miedo al olvido, a la muerte, al haber vivido en vano.