Septiembre

mitos

Los mitos de transformación (el príncipe Siddartha alcanza la iluminación y se transforma en el Buda, Saulo se cae del caballo y se convierte en Pablo) no remarcan lo suficiente lo extraordinario que es un cambio. El común de las personas cambia muy poco, dulcifica o vuelve más agrio su carácter con los años, se vuelve más arrogante si enriquece o más triste si se empobrece pero no hay un vuelco radical en sus creencias ni en sus actos. Somos más o menos siempre los mismos. Sin embargo, vivimos bajo el alero de los mitos de transformación que nos dicen que algún día podremos cambiar nuestro carácter y, precisamente, gracias a la esperanza que ese sueño nos otorga es que podemos continuar sin apartarnos un paso del camino ya trazado.

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Marcel Schwob: “Con Goethe, Stendhal, Benjamín Constant, Alfred de Vigny, Musset, predominaron los tormentos del alma. La libertad personal había sido conquistada por la revolución norteamericana y la revolución francesa. El hombre libre aspiraba a todo. Era más lo que se sentía que lo que se podía. Un estudiante de notariado se mató en 1810, y dejó una carta justificando su determinación: luego de profundas reflexiones se había dado cuenta de que nunca podría ser tan grande como Napoleón. Todos experimentaban lo mismo en todas las ramas de la actividad humana. La felicidad personal se hallaba en el fondo de las alforjas que cada uno lleva delante y detrás de sí.

Comenzó entonces la enfermedad del siglo. Todos querían ser amados por sí mismos. Se tornó triste el adulterio. También la vida: era una maraña de excesivas aspiraciones que cada momento destrozaba. Algunos se sumieron en extraños misticismos, cristianos, extravagantes o inmundos; otros, movidos por el demonio de la perversidad se laceraron el ya herido corazón como quien hurga en un diente enfermo. Las autobiografías salieron a la luz bajo todas las formas.”

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A propósito que esta noche toca, una vez más, Fin del Mundo, recordar a Zizek, quien habla que el goce masoquista del individuo ante la idea de un fin es un mero desplazamiento ante la imposibilidad de sostener la noción que el capitalismo sea el que alguna vez se acabe. Es decir, al sujeto le es más fácil imaginar el fin de la tierra antes que el fin del capital. Vale recordar el trágico ejemplo de los obreros que se suicidaban en Foxconn, la fábrica de Apple en China, en vez de simplemente, renunciar a la pega.

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twitt

El ultimo twitt de Bonvallet alude, quizás sin querer, a la separación radical entre el estado emocional que produce la diversión y el producido por el pensamiento. Aquel que se divierte, que se distrae, se olvida de su propio abismo, y si bien a la salida del cine o del estadio puede volver a enfrentarse a la tristeza, puede continuar escapándose de ella con facilidad dada la sucesión de espectáculos ininterrumpidos en que nos hallamos sumergidos. El que piensa, en cambio, no tiene salvaguarda alguna. Está a solas con su tristeza. Bonvallet se muestra orgulloso de su estado, sin embargo, lo que hace en verdad es redactar su epitafio.

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Aristóteles: “Todos los sentimientos amistosos para otros son una extensión de los sentimientos de un hombre para sí mismo.”

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Djuna Barnes: ¡Lo ves! No sabes nada. Tienes que saberlo todo, y entonces empezar. Tienes que tener una gran capacidad de comprensión o derrumbarte. Los caballos te alejan corriendo del peligro, los trenes te vuelven a traer. Los cuadros dan una punzada mortal al corazón: están colgados sobre un hombre al que amabas y a quien asesinaste en su cama. Las flores entierran al corazón porque un niño estaba sepultado en ellas. La música incita al terror de las repeticiones. La contemplación conduce al prejuicio y las camas son campos de batalla donde la criaturas combaten una batalla perdida. ¿Lo sabes, todo esto?

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Viene a visitarme A. Le digo “Hola” y él me dice : “hola, me ha ido súper bien, hice negocios por más de un millón de pesos…” y sigue como si no hubiese un mañana. Siempre pasa lo mismo con la gente de San Pedro, viven en un estado de euforia y auto reafirmación constante. Recuerdo una vez que dije: “hola” y el tipo me dice: “Hola, voy a grabar un disco”. No es necesario preguntar nada por estos lados, la gente te vomita todo. Hacen lo que Canetti consideraba el colmo de la repulsión: no paran de hablar de sus planes y logros, en ese infinito juego de validarse a sí mismos buscando primero la validación del otro.

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Gabriela Mistral: “Escribir me suele alegrar; siempre me suaviza el ánimo y me regala un día ingenuo, tierno, infantil. Es la sensación de haber estado por unas horas en mi patria real, en mi costumbre, en mi suelto antojo, en mi libertad total.”

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Philip K Dick: “Lo hermoso e imperecedero llega a existir debido al sufrimiento de las criaturas perecederas que en sí no son hermosas, y que deben ser rehechas para crear un molde a partir de la cual lo hermoso es impreso (forjado, extraído, transformado). Esta es la terrible ley del universo. Esta es la ley básica; es un hecho. Además, es un hecho que el sufrimiento del animal es tan grande que provoca tanto rechazo como piedad en nosotros cuando somos enfrentados a él. Esta es la esencia de la tragedia: la colisión de dos absolutos. El sufrimiento absoluto conduce a la belleza absoluta. Ningún absoluto debería subordinarse a otro absoluto. Pero así es como es: el sufrimiento es subordinado al valor del arte que produce. Por lo tanto la esencia del horror subyace en nuestra comprensión de la cruenta naturaleza del universo.”

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Soñé que iba a un templo de unos diez o quince pisos. En cada piso había altares, harto bonitos en realidad y luminosos. Yo subía porque quería verlos todos pero al llegar al séptimo encontraba que las escaleras al siguiente piso estaban clausuradas. Era el fin del viaje. Tenía entonces que bajar todos los pisos y para volver a casa, cruzar un túnel lleno de agua que me devolvió, creo, a este mundo.

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Cada vez veo más similitudes entre la Católica y el Arsenal. Equipos que viven en una especie de limbo, donde los entrenamientos deben ser todos divertidos y relajados, equipos lúdicos a fin de cuentas que han olvidado que el fútbol aparte de un deporte es un sustituto de la guerra. Que les falta agresividad, estrategia, frialdad; que como niños buscando al padre, los jugadores miran al arbitro después de una patada descomunal y lloran cuando el ideal de justicia que tienen en sus corazones no se ve cumplido en el campo de batalla.

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Los hoteles no son lugares para vivir y la historia demuestra que la gente los prefiere a la hora de cometer suicidio. Hay que buscarse una pieza, una casa, un lugar propio al que se pueda llamar hogar. Aunque sea una caja de cartón como la que tenía Jean-Michel Basquiat en Central Park. Hay que encontrar un lugar para separarse del mundo.

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Un amigo me llama por teléfono. Me cuenta de sus viajes al sur de Chile y Alemania durante el ultimo año. Me pregunta cuales han sido mis viajes, le respondo que no demasiados. Siento como al otro lado de la línea mi amigo secretamente deplora mi inmovilidad. No me pregunta por los libros que he leído, por las personas que he conocido. Para él, el único viaje que tiene sentido es el desplazamiento físico.

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Robert Walser: “I don’t want a future, I want a wonderful present. To me this appears of greater value.”
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Alguna vez le preguntan a Varys por su desconfianza hacia Littlefinger. Con sabiduría Varys responde: “sería capaz de quemar el país entero si pudiera proclamarse rey de las cenizas”. En menor medida ese ímpetu destructor puede hallarse en todos los seres: los trabajadores que incendian sus horas y sus energías a cambio de malas pagas o los ejecutivos que no dudan en llevar a algún compañero al sacrificio con tal de mejorar sus posición. La destrucción como germen para un mundo nuevo que se ansía sin importar cuanto haya que pagar a cambio.

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Safranski: “La conciencia hace que el hombre se precipite en el tiempo: en un pasado opresivo; en un presente huidizo; en un futuro que puede convertirse en bastidor amenazante y capaz de despertar la preocupación. Todo sería más sencillo si la conciencia fuera simplemente ser consciente. Pero ésta se desgaja, se erige con libertad ante un horizonte de posibilidades. La conciencia puede trascender la realidad actual y descubrir una nada vertiginosa, o bien un Dios en el que todo alcanza su plenitud.”

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No tiene ningún sustento la creencia que la literatura puede salvarnos. Un sentido más genuino sería justamente el opuesto: que hay que decir “perderse en la literatura” igual que como Rimbaud se perdió en África o Robert Walser se perdió en un sanatorio en Waldau. Hay un sentido, pero no de redención, sino, apenas, de modesta constatación: que en vez de pasar las horas dedicadas a otra clase de tareas, los poetas y escritores dedican sus horas (bien o mal, quizás eso de lo mismo) al ejercicio de un arte.

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“Un campesino cavo un pozo y utilizaba el agua para irrigar su finca. Empleaba una cubeta ordinaria para sacar agua del pozo, como lo hace casi toda la gente primitiva. Un paseante, al verlo, le pregunto al campesino por que no utilizaba una palanca para ese fin; es un instrumento que ahorra esfuerzo y puede realizar mayor trabajo que el método primitivo. El agricultor dijo: ‘Sé que ahorra trabajo y es precisamente por esta razón por la que no utilizo ese instrumento. Lo que temo es que el uso de ese instrumento me haga pensar solo en la máquina. La preocupación por las maquinas crea en uno el habito de la indolencia y la pereza.’”

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Eliot habla que “en la medida que nos aferramos a objetos creados y aplicamos nuestra voluntad a fines temporales, estamos todos roídos por el mismo gusano”. Recuerdo a un viejo que vi en antofa, de pie, con gesto adusto e infeliz mirando como un lavador de autos le pulía su BMW. “No hay aquí felicidad alguna” pensé, aunque un tipo como ese jamás lo reconocería, menos a mí, un completo desconocido. Recuerdo también en una fiesta, escuchar a la pasada una conversación de unos médicos adinerados, sentados todos juntos en una mesa de la cocina, preguntándose qué más debían hacer ahora en la vida (ahora que antes de los 40 ya habían logrado casi todo). Están siempre esas señas en el aire, pequeñas pistas que hablan de la infelicidad generalizada, incluso de parte de los más ricos y afortunados -y para eso basta leer las novelas de Donoso, que revelan como la vejez es un verdadero infierno para aquel que hasta entonces ha tenido todos los hados de su lado.

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Bataille: “La literatura es la infancia recuperada.”

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Un lento aprendizaje: “No sé de dónde había sacado la idea de que la vida personal del escritor no tiene nada que ver con su ficción, cuando lo cierto, como todo el mundo sabe, es casi todo lo contrario. Además, tenía a mi alrededor abundantes pruebas de esa verdad, aunque prefería ignorarlas, pues, de hecho, la ficción tanto publicada como inédita que me conmovía y satisfacía entonces y ahora era, precisamente, la que resultaba luminosa y sin ninguna duda auténtica porque había sido hallada y elevada, siempre pagando un coste, desde unos niveles más profundos y más compartidos de la vida real que todos vivimos. Detesto pensar que no lo comprendí así, aun cuando fuese de una manera imperfecta. Tal vez el precio del alquiler era demasiado alto.”

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Escritores escogiendo editoriales como mujeres que escogen un vestido.

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Dos principios: al ejecutar algo, preguntarse: 1) ¿por qué estoy haciendo esto?, 2) ¿qué tan marxista es lo que estoy haciendo?

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