Es tiempo de un nuevo orden

Juan Carlos Cortés revisa La tienda de regalos, la última novela de Andrés Olave, y la sitúa como la búsqueda de un nuevo sentido que tiña el vacío imperante

portada

por Juan Carlos Cortes

Me atrevería a decir, con cierta seguridad, que en todas las ciudades del mundo existe una tienda de regalos, uno de esos lugares inocuos y fatales en los que se vende más o menos cualquier cosa con tal de que los viajeros puedan llevarse un recuerdo a sus lugares de origen. Para que el viaje sea cierto no basta ya la experiencia del movimiento o el fenómeno de la memoria, sino que se hace necesario un objeto, una baratija cualquiera a la cual aferrarse para dar testimonio del paseo y hacerlo real. Un testimonio, a fin de cuentas, de que aún podemos hacer algo con nuestras vidas.

La tienda de regalos de Andrés Olave está cargada de esta sensación de falta de sentido, una sensación de inmovilidad y resignación que nos hace sospechar que quizá el fin del mundo no es tan mala idea. La novela configura un relato de ciencia ficción en un Valparaíso decadente y frustrado, tan cercano a la realidad que el lector desprevenido perfectamente podría considerarlo de un realismo inusitado. El ánimo de sus habitantes se ha distorsionado al punto de que ya no es posible distinguir lo espiritual de lo sobrenatural. La violencia es transversal en las calles, la sexualidad es torpe e insuficiente, los lazos afectuosos no parecen tener ninguna validez y, entre todo ello, hombres de barbas largas atraviesan los cielos en máquinas voladoras que nadie ve. O que, como sucede con la evidente decadencia del entorno inmediato: nadie quiere ver.

Nos encontramos en las postrimerías del mundo tal como lo conocemos: seres de antigüedad eónica comienzan a despertar, seres que no sólo precedieron a la humanidad, sino que la delimitaron, definieron su porvenir. Es la llegada de los anunnaki, la raza extraterrestre que vuelve a colonizar la Tierra. En este aspecto la novela se inspira en los arcaicos mitos de creación sumerios: los anunnakis serían, según estos, los creadores de la humanidad como la conocemos, los dadores de inteligencia que sembraron su don en los hombres para que, llegado el momento, pudiesen ser útiles como esclavos.

La naturaleza del mito anunnaki no solamente es de corte extraterrestre, es a todas luces de corte espiritual: la inteligencia, supuesto beneficio que nos regalan, alcanza un punto de no retorno, llega el momento en el que lo racional avasalla con todas las esferas de lo humano, que es cuando ellos volverán para salvarnos de su propio regalo. La salvación, en este caso, es la esclavitud o la muerte. Los personajes de La tienda de regalos serán parte de una lucha que fue perdida hace mucho tiempo ―acaso desde el mismísimo momento en que fuimos creados―, una lucha entre lo humano y lo otro, una lucha que muy probablemente no es más que el espectáculo risible para unos seres que por medio de artimañas nos hicieron pensar que había algo que nos definía como personas. Sin duda, para los sumerios de hace ocho mil años, el mundo de hoy es precisamente el mundo distópico que sus profetas anunciaron.

La tienda de regalos

Andrés Olave
Abducción Editorial, 2015

Fuente: Revista Intemperie

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