Sumisión y entrega en la obra de Shepard Fairey

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La primera vez que supe de la obra de Shepard Fairey fue en el documental Exit through the gift shop dirigido por Banksy y donde el grafitero más famoso de nuestra época contaba la historia de Thierry Guetta, una suerte de aparecido en el circuito artístico, un tipo que tras relacionarse con todos los grandes grafiteros de su época procedió a plagiarlos y mediante sus contactos e influencias se forjó una insospechada fama y fortuna como Mr. Brainwash.

Pero en Exit through… también se cuenta la historia de Shepard Fairey, de quien Banksy dice: “ya en el 2000 Shepard era el artista urbano más prolífico del mundo. Los experimentos de Shepard con el poder de la repetición se remontaban al año 1989 con la imagen dibujada de la cara de un personaje de culto, un luchador de lucha libre de los años 70, “André El Gigante”. Combinando la cara de André con la leyenda “Obedece” Shepard había pegado cerca de un millón de imágenes por todo el planeta.”

Banksy no se queda corto cuando habla de la popularidad de la obra de Fairey. Hoy en día, basta darse una vuelta por Providencia y ver su famosa seña Obey! en mochilas, gorros o camisetas, o más directamente entrar a su páginaobeyclothing.com. En un poco más de una década Fairey pasó de ser un artista underground al dueño de una marca con ventas millonarias y reconocimiento internacional.

Resulta sorprendente que una obra que por años se conformó únicamente por un rostro y un slogan haya llegado a impactar de forma tan notoria. La repetición del rostro tiene claros tintes alusivos a las efigies de los dictadores que se multiplicaban en las calles y plazas de los países comunistas, aunque aquí hay un elemento nuevo: en el comunismo al líder se le representaba grandioso, serio, poderoso mientras que André El Gigante luce cansado y opaco, el rostro de un hombre derrotado. En ningún caso alguien que merece el poder y que así y todo, lo sigue ostentando.

En el caso del lema Obey! (¡Obedece!) es una alusión directa a la escena de la revelación en They Live (John Carpenter, 1987) cuando John Nada, un hombre sin hogar, descubre en el sótano de una iglesia abandonada unos lentes de sol que al ponérselos muestran un mundo gris en el que impera la publicidad subliminal y donde los carteles publicitarios son en verdad espacios en blancos con el lema “Obedece” en el centro, y donde los billetes son sólo papeles desnudos que ostentan la leyenda: “este es tu dios”.

Puede que con el desarrollo de su marca de ropa y accesorios, Fairey haya simplemente querido financiar su trabajo y sacarle réditos a su creciente popularidad, sobre todo cuando en 2008 hizo el cartel Hope de Obama que le dio fama mundial. Sin embargo, si lo pensamos un poco hay ciertas implicancias inquietantes en el camino. Tanto el rostro de André El gigante como el lema Obedece parecen bastante exentos de ironía. El arte de Fairey no es un arte-denuncia que busque develar la mecánica interna de dominación que siguen nuestras sociedades sino apenas denotar su existencia y en cierto modo celebrarla –e incluso, si efectivamente fuese un arte-denuncia–, el público lo ha recepcionado literalmente, como una moda que celebra las directrices del sistema imperante.

Marcuse anota en El hombre unidimensional que “toda liberación depende de la conciencia de la servidumbre”. Sin embargo, estamos arribando a un momento donde la introyección, es decir, la forma en que el individuo reproduce y perpetúa por sí mismo los controles externos, ha rebasado cualquier posibilidad crítica. No me refiero aquí a esa minoría que mantiene aún una mirada escéptica sobre el sistema socio-político, sino a la gran mayoría que, pese a sus defectos evidentes, cree ciegamente en las bondades de dicho sistema y busca siempre su mejor acomodo dentro de él (mejor educación, mejor trabajo, etc.)

Es como si hubiésemos arribado a un mundo donde ya no hay alternativas, y todas las alusiones a la necesidad del sistema de ser opresivo y determinar nuestros destinos, pese a su ominosidad, debiesen ser tomados a la ligera puesto que no hay ninguna otra forma de tomárselo. Y quizás es desde ahí donde el arte de Fairey toma importancia capital: donde celebrar el totalitarismo neoliberal es la única forma válida de hablar de dicho totalitarismo sin situarse fuera del marco ideológico comúnmente aceptado por todos.

Un famoso periódico de izquierda, Le Monde Diplomatique suele ostentar como lema: “otro mundo es posible”. La obra de Fairey, en cambio, nos enseña que hemos arribado a un punto de la historia donde solo hay una manera correcta de desenvolvernos: dentro de la democracia neoliberal, esto es, una democracia cada día menos representativa y donde los intereses de las corporaciones y las elites se imponen por medio de la violencia económica o física. Donde no hay una alteridad pues todas las que habían (comunismo, socialismo, estado de bienestar) ya han sido borradas del mapa.

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