Julio

Veo salir una gringa desde la oscuridad. Tiene el rostro desencajado, parece venir desde el mismísimo Apocalipsis. Le preguntó como se siente. “Bien” me dice mientras parece a punto de echarse a llorar a gritos.

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Ayer C. me recomendó una serie de exorcistas, demonios, posesiones y otros horrores. Le dije que no la vería, que no quería exponer mi alma a dichos abismos. Hoy leo que Goethe se negaba a leer a Shakespeare (“sus tragedias me destruirían”) pues pensaba que en ellas habitaba el demonio.

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En la durísima escena en que el doctor protestante de Palmeras Salvajes espera afuera de la habitación de la sangrante Carlota, cuando escucha la discusión de ella con Harry, su amante, una discusión rabiosa y llena de insultos, el doctor se pregunta: “pero dónde está la desesperación? ¿dónde el terror?”
El doctor, hombre educado bajo la biblia, lo que espera es el arrepentimiento de los condenados, su rechinar de dientes; le toma por sorpresa la insolencia y la rabia, las energías desmesuradas, la falta de arrepentimiento. Toda la vida ha creído que su forma de vivir de hombre casado, trabajador, adinerado, es la única forma correcta de vivir y que todos aquellos que no siguen su ejemplo acarrean consigo un error fundacional que más pronto que tarde tendrán que pagar. Y en efecto, Carlota y Harry, pagan sus pecados pero jamás se arrepienten, jamás voltean hacia el doctor y le dicen lo que él quiere escuchar: “nuestras vidas fueron errores y la vida que tú elegiste era la correcta”.

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Leo la contratapa de Suave es la noche de Fitzgerald: “Estamos ante la nítida radiografía de una generación de norteamericanos y europeos adinerados que deambulaban por la Europa de entreguerras en una constante huida de si mismos”.

Que interesante (y bella) expresión es “huir de sí mismos”. El turismo, si bien ha demostrado que sirve poco para descansar, conocer o familiarizarse con culturas y costumbres ajenas, bien podría todavía servir para este fin: para no tener que mirarse al espejo ni verse obligado al auto examen cada vez que los estudios o el trabajo nos dan un respiro. Y no es entonces de ese trabajo o de esos estudios de los que huimos cada fin de semana largo o temporada estival, sino de todas esas posibilidades inexploradas, esos gritos en el vacío que rondan en nuestro interior.

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“—Alguien describió la experiencia de leer grandes obras de ficción como estar dentro de un sueño vívido y continuo, y yo creo que las películas lo hacen mejor que cualquier otro medio. Algunos dicen que la mejor película no es tan buena como el mejor libro, y yo digo que no están viendo las películas adecuadas, o que no están viéndolas de la forma adecuada. Mi vida no tiene mucho sentido a veces. Paso hambre y frío y me siento sola, mis padres son una mierda, no puedo pagarme la matrícula del semestre que viene, no sé qué voy a hacer cuando me licencie. Pero cuando veo una buena película siento que entiendo un poco mejor la vida, y las que no son tan buenas hacen que me olvide de las partes mierdosas de mi vida durante un par de horas. El cine me han enseñado a ser valiente, a ser romántica, a defenderme sola, a cuidar de mis amigos. No tenía fe ni unos padres cariñosos, pero tenía películas, las sesiones baratas de la tarde cuando faltaba a clase y vídeos cuando ahorré lo suficiente para comprarme una tele y un reproductor. No tenía un mentor, pero tenía a Obi-Wan Kenobi, y a Jimmy Stewart en Qué bello es vivir. Vale, el cine puede ser una forma de evadirse de todo, pero, qué chucha, a veces necesitas evadirte de todo, ver una vida mejor en la pantalla, saber que la vida puede ser mejor de lo que es, o que puede ser peor y así comprender todo lo bueno que tienes. El cine me ha enseñado a no conformarme con menos. —Le dio un sorbo a su botella de agua—. Por eso me encanta el cine.”

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Cuando me siento cansado de revisar pruebas y galeradas me acuerdo que Thomas Pynchon pasó a máquina dos veces El arco iris de gravedad para enviarlo a sendas editoriales….

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“Sentí alivio cuando finalmente me desalojaron de mi departamento. Yo estaba siempre inquieta por mi alquiler, gastaba mucha energía psíquica preocupada por lo que iba a suceder. Era como esperar una cirugía. Estoy contenta de que todo haya terminado. Prefiero ser una sin techo. La peor parte de ser una sin techo es que la gente te considera loca. Yo estoy inscrita en un gimnasio. Voy al cine, pero más que nada para poder dormir en el teatro. Nunca he mendigado. Si tengo hambre, prefiero robar. Hay algo tan deshumanizante acerca de ponerte por entero a merced de otra persona.”

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Converso en la plaza con Nicolas, un francés que le está dando la vuelta al mundo. Le preguntó cual es el mejor lugar de todos, “no me lo vas a creer, pero es Chile” me dice. en efecto, no le creo. me pregunta cual sería un lugar mejor y le respondo de inmediato: “Indonesia”. discutimos brevemente pero Nicolas muy rápido se pone de mi lado, Indonesia es entonces el mejor lugar del mundo. siento que a continuación podría decirle que las estepas rusas son en realidad el mejor lugar y Nicolas de nuevo estaría de acuerdo conmigo. al parecer, los viajes le han enseñado que no es bueno provocar a los extraños y la mejor forma de llevarse con ellos es darles siempre la razón. es decir, el tipo le dará la vuelta al mundo diciéndole a todo el mundo que sí. acomodará su ser al del resto. aceptará todos los puntos de vista. no sé si debo sentirme indignado o si he estado a punto de aprender algo.

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Hay una novela de Naipaul que se llama Media vida, y que es un titulo cantado para describir la vida de todo el mundo trabajador, que ocupados en la pega ( y en el ir y venir hacia la pega), abandonan a su suerte buena parte de su tiempo.
Leí una vez que a la gente enferma, casi moribunda, le preguntaban de qué se arrepentía, o que habría cambiado de su vida. La mayoría se refería al trabajo, “hubiese deseado no trabajar tanto” declaraban, que es como decir, “me hubiese gustado vivir un poco más”.

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Un cuento de Chejov de un viejo terrateniente que vive con el preceptor francés de sus hijos. los hijos, ya grandes, hace mucho que se han ido de casa y la única función del preceptor es sentarse a la mesa a la hora de las comidas y escuchar los largos y profusos discursos de autocomplacencia que el terrateniente ofrece para su propio engrandecimiento. parece obvio que cualquiera podría dar estos discursos en el vacío, decirse a sí mismo lo grande que es, pero según la teoría del reconocimiento siempre es necesario ese interlocutor, el otro que escucha y que sirve para reafirmar la auto imagen.
Cuantas veces he sido testigo de la misma escena: la pareja, uno que habla y el otro que se resigna a escuchar. Llegado cierto punto (¿los treinta años?) hay gente en Chile que ya no sabe vivir sino para alimentar su ego, cancela cualquier otro tipo de relación, ocupados como están en la perfecta cristalización de su ser.

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Lo interesante es que junto a ese nuevo orden de lobbistas, amigos, socios, y compañeros del arte que están sacando adelante la cultura en chile a través de sus viajes, ferias, becas y proyectos adjudicados (es decir a través del modo en que ellos directamente se benefician de las platas de la cultura), hay una nueva estirpe de literatos y artistas que deploran de esa institucionalidad vergonzosa, que se quedan en casa leyendo Stendhal o salen a sacar fotos con cámaras analógicas en rollos que jamás van a revelar (como lo hacía Vivian Maier), es decir, en Chile (y para mi infinita y agradable sorpresa) hay artistas de lo invisible, artistas tenues que no están ni ahí con el fondart o el pasaje a la fil de guadalajara, pero que en un tete a tete, le sacarían la cresta a los lobbistas, porque estos, claro, han usado su tiempo y energía en lograr reconocimiento y plata mientras que los otros han seguido simplemente escribiendo o pintando o fotografiando, es decir, dedicándose con genuina fe a su arte.

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Soñé con una mujer que detesto. Era su boda y yo extrañamente era invitado. El novio era un tipo detestable también, yo apenas entendía porque estaba allí, hasta que lograba recordar que esa mujer en este mundo ya tiene marido, y el supuesto novio era en realidad un demonio que la mujer tenía a su servicio y con el cual cumplía sus deseos.

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