¿Ha llegado el tiempo de la sumisión? 

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Como si Europa se estuviera cayendo a pedazos.  Desde Ampliación del campo de batalla (1994) que el escritor francés Michel Houellebecq parece querer ilustrarnos dicho punto: la decadencia que golpea al viejo continente, el centro de Occidente, donde ya no es posible amar o tener relaciones desinteresadas y donde el dinero y la codicia han arrasado por completo los corazones.  No por nada uno de los primeros párrafos de Sumisión dice:

“la mayoría están hipnotizados por el deseo de dinero, o quizá de consumo los más primitivos, aquellos que han desarrollado una adicción más violenta a ciertos productos (son una minoría, pues la mayoría, más reflexivos y pausados, desarrollan una simple fascinación por el dinero, ese “infatigable Proteo”), y más hipnotizados aún por el deseo de demostrar su valía, de labrarse un estatus social envidiable en un mundo que imaginan y esperan competitivos, galvanizados por la adoración de iconos variables: deportistas, diseñadores de moda, actores, modelos.”

La última novela del probablemente más grande escritor francés vivo pega más fuerte de lo que uno cree a primera vista.  Sumisión es la historia de Francois, un profesor universitario experto en Joris-Karl Huysmans y a quien en cierta forma tiene como guía espiritual y a quien imita de forma desesperada intentando salvar su propio destino.

Ambientada en el año 2022, buena parte de las páginas de Sumisión se abocan a las elecciones presidenciales francesas, y donde, sorprendentemente y en base a múltiples alianzas el partido de la Hermandad Musulmana logra abrirse paso hasta colocar a su candidato Ben Abbes en el Palacio del Eliseo.  Houellebecq se demora en justificar el acontecimiento totalmente impensado y es aquí donde la novela saca las garras y expone la tesis que ya nada queda para nosotros en Occidente.  Es decir, hay fundadas razones para vivir en sociedades hipercapitalistas: el sentido de vivir para el dinero y el consumo, pero es un sentido que ya no se basta por sí mismo y que al cabo de años o décadas nos deja agotados, a menudos hastiados y cercanos al nihilismo.  Este punto parece mucho más desarrollado en las tres primeras novelas de Houellebecq (Ampliación del campo de batalla, Las partículas elementales y Plataforma).   En esta ocasión el novelista no ve necesidad de profundizar más allá de unas cuantas páginas sobre el hastío y la soledad (tanto por la falta de amigos como mujeres) del protagonista para luego entrar en la arena política, que resulta al final, el espacio donde se realiza la transformación.

Es como si hubiésemos llegado a un punto histórico donde los postulados del individualismo ya no tienen lugar.  Como ese fenómeno creciente que ocurre en las cárceles chilenas donde la población evangélica domina sin contrapeso, los presos se convierten masivamente y donde, o conviven todos juntos como hermanos o uno se queda solo y a merced de la crueldad de los elementos.  En Sumisión ocurre algo parecido: Francoise es un hombre desencantado, solitario y sin trabajo que descubre que en la vereda del frente hay un trabajo muy bien pagado en la Universidad de la Soborne (que en la novela se convierte en universidad islámica) y donde como docente de alcurnia puede legalmente llegar a tener ¡dos o tres esposas!

Hay un párrafo en que Francoise acude a la casa del rector de la universidad, quien será al final su futuro jefe:

“Llevaba esperando dos o tres minutos cuando se abrió una puerta a la izquierda y una muchacha de unos quince años, vestida con vaqueros de cintura baja y una camiseta Hello Kitty, entró en la habitación; su largo cabello negro flotaba libremente sobre sus hombros.  Al verme profirió un grito, trató torpemente de ocultar su rostro con las manos y se volvió sobre sus pasos corriendo.  En el mismo instante Rediger apareció en el rellano superior y bajó la escalera a mi encuentro.  Había asistido al incidente e hizo un gesto de resignación al tenderme la mano.

-Es Aicha, mi nueva esposa   Se sentirá muy avergonzada, porque usted no debería haberla visto sin velo.

-Parece muy joven.

-Acaba de cumplir los quince años.”

Hecha la propuesta de una actividad erótica casi ilimitada acaba por sofocar los remilgos de Francoise ante una fe en la que no puede creer, pero donde los beneficios de vivir en una comunidad que profesa dicha fe son irrebatibles.   Sigue siendo un individuo egoísta pero que descubre que el mejor camino para su egoísmo es unirse a la comunidad.

Sin embargo, hay algo más que destacar en la novela: la proliferación de detalles del entramado político que dan lugar al gobierno musulmán de Mohamed Ben Abbas.  Houellebecq se demora en las alianzas, en las debilidades del sistema electoral francés, en los golpes de efecto sobre el electorado, menos en aras de la verosimilitud que como advertencia de lo que podría depararnos el futuro.  Como el personaje del cuento de Borges El milagro secreto, quien la ultima noche antes de enfrentar el pelotón de fusilamiento, se da a la tarea de imaginar distintas versiones de su muerte pues creía que:

“la realidad no suele coincidir con las previsiones; con lógica perversa infirió que prever un detalle circunstancial es impedir que éste suceda. Fiel a esa débil magia, inventaba, para que no sucedieran, rasgos atroces; naturalmente, acabó por temer que esos rasgos fueran proféticos.”

Todos sabemos del lamentable atentado a la revista Charlie Hebdo de parte de extremistas islámicos.  No puede no mencionarse el hecho que ocurrió el mismo día que Sumisión fue lanzada en Francia.   El mismo periódico se había burlado de Houellebecq un par de semanas antes por dárselas de profeta pero: ¿no es acaso la misión más alta del intelectual el alertarnos de los peligros de nuestro tiempo?  En ese sentido Houellebecq más que un escritor nihilista puede que en verdad sea un clásico hombre de la Republica y un defensor de los valores de la Ilustración, acaso, el último patriota en toda la nación.  Houellebecq se demora en los detalles políticos de la caída de Francia en el islamismo precisamente para que no sucedan o, al menos, para que cuando hayamos cruzado al otro pueda encogerse de hombros y decirnos tranquilamente: “ya se los había advertido”.

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