El tiempo perdido de José Donoso

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Vivir en Chile, un país arrinconado entre mares, montañas y desierto, tiene por supuesto, mucho de vivir en una isla olvidada de la mano de Dios, sin esperanzas a la vista y mucho menos posibilidades de salvación.    Consecuencia directa de esto es la obsesión histórica de nuestros jóvenes más cultos, intelectuales o derechamente siúticos por abandonar el terruño rumbo a las soñada Europa o la cosmopolita Nueva York.  Haciendo eco de está obsesión es que Donoso escribe este cuento sobre un afortunado que se gana una beca a París y de todos sus envidiosos amigos, todos proustianos de la cabeza a los pies, y más interesante aún, con una visión proustiana de los lugares y las personas, lo que hace que el Santiago de su narración se desdibuje y se parezca un poco a París o al París que ellos sueñan al menos.

Duele pensar que uno, como chileno, lo quiera o no está atado a esta clase de obsesiones. A despreciar siempre la provincia y creer de forma casi inconsciente que la vida está en otra parte.  Peor aún lo que le pasa al protagonista, que ya instalado en la soñada Ciudad Luz no acaba nunca por encajar, perdido en códigos parisinos que no se cree capaz de manejar, sintiendo el extranjerismo como una prueba insuperable y recluyéndose al fin en su apartamento con vista al Jardin des Plantes, a la espera que la dichosa beca acabe de una vez (y con ella la tristeza y el extrañamiento) y pueda entonces volver al odiado terruño que es, al parecer, la única tierra donde le es dable estar.

Hay un poema de Lihn  que habla de este sentimiento: Nunca salí del horroroso Chile, que dice:

Nunca salí del horroroso Chile
mis viajes que no son imaginarios
tardíos sí – momentos de un momento –
no me desarraigaron del eriazo
remoto y presuntuoso
Nunca salí del habla que el Liceo Alemán
me inflingió en sus dos patios como en un regimiento
mordiendo en ella el polvo de un exilio imposible
Otras lenguas me inspiran un sagrado rencor:
el miedo de perder con la lengua materna
toda la realidad. Nunca salí de nada.

Una vez leí que en ciertos pueblos de Italia los campesinos se enorgullecen de nunca, en toda su vida, haberse alejado más de 50 kilómetros del lugar que los vio nacer.  Aquel refocilarse en el provincianismo lo horroriza a uno claro, pero también la idea que por mucho que uno viaje nunca podrá escapar del espíritu de la tierra natal, tal como sugiere el poema de Lihn.   Tal dictamen, roza el fatalismo, pero más importante que eso, nos lleva a preguntas del tipo: ¿por qué las grandes ciudades del mundo nos sobrecogen y nos dejan en deuda?  ¿Por qué como peregrinos debemos visitar cada una de ellas y admirar y envidiar a aquellos que son sus habitantes permanentes?  ¿Qué suma de factores nos lleva a esa creencia?

No sé si aquí logré ensayar algo remotamente cercano a una respuesta satisfactoria para dichas cuestiones.   El problema sin embargo está instalado.  En como, simplemente por nacer en determinado lugar podemos llegar a sentirnos inadecuados.   A como la cultura, igual que las religiones tienen sus centros de peregrinación que nos atan y obligan.   Y entonces cabe preguntarse que podríamos sacar de bueno de atarnos a la cultura.  Aquí Donoso sale al paso y dice:

“¿qué se saca con tener toda la sensibilidad del mundo, con amar la cultura, con estudiar -y está es la razón con que justificábamos nuestra pereza-, si las oportunidades para ganarnos la vida eran extremadamente mezquinas en nuestros futuros? (…) La bohemía, entonces, cuando la juventud deja de ser una excusa hermosa, era, además de una forma de pereza, la manifestación de nuestra desesperanza.”

Nos refugiamos en la cultura para huir de nuestro entorno desolador, pero pronto la cultura se encarga de traer a nuestra vida nuevas formas de desconsuelo.

 Andrés Olave

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