Los tres estigmas de Palmer Eldritch

En una época en que los comerciales de la televisión nos enseña que debemos sacarle el máximo provecho a nuestra vida laboral, de modo que al final, tengamos ahorrado una cifra tan contundente debajo del brazo que podamos mirar lo que resta, “con confianza y tranquilidad”; y donde la única referencia a la muerte la encontramos en esos bellos folletos de cementerios privados que como parques inmensos hablan de “reposo y descanso”, resulta inevitable tener que buscar en la literatura un tipo de conocimiento sobre el cual los medios masivos guardan un pudoroso silencio.

En “Los tres estigmas de Palmer Eldritch” el escritor norteamericano Philip K. Dick nos cuenta la historia del millonario e industrial interplanetario, Palmer Eldritch quien atendiendo una invitación del Consejo Prox, abandona el Sistema Solar rumbo al sistema de Próxima Centauri.  Nadie sabe lo que allí ha visto u oído por lo que la expectativa es inmensa cuando regresa a nuestro sistema y sufre de inmediato un colosal accidente: estrella su nave en Plutón y queda gravemente herido.

La noticia del regreso de Palmer Eldritch sobrecoge a la comunidad, sobretodo a algunos empresarios de drogas ilegales como Leo Bulero, productor de la famosa Can-D –que tiene convertido a los colonos de los territorios extraterrestres en unos junkies fatigosos–, quien se entera que Eldritch habría traído consigo un cultivo de liquen con el que produciría una droga con la que planea hacerle la competencia, la Chew-Z.  Comienza entonces una lucha corporativa entre ambos gigantes con implicancias insospechadas, cuando Dick pasa de la lucha fraticida en el ámbito comercial al terreno religioso.

Dicha traslación se produce cuando asimilamos la vida y obra de los colonos de Marte, pobres seres humanos obligados a residir allí por las Naciones Unidas, y que sin esperanza en algo parecido al futuro, entregan sus días y sus horas al consumo de la Can-D que les produce la alucinación de vivir en un mundo idílico, encarnando a personas que bien podría ser los muñecos Barbie y Ken y permitiéndoles, por unos breves momentos al menos, ser participes de esas vidas perfectas.

“Engullimos la droga porque no hay nada más, salvo las tinieblas.  La alternativa es esto o el vacío. Y no solamente por un día o una semana, sino… eternamente”.

Ante una vida sin perspectivas, rápidamente los colonos sucumben al frenesí por consumir la droga.   Una forma de escapar al infierno estrecho y monótono de las colonias y a la vida sin sentido que es trabajar día tras día sin obtener nada a cambio más que el propio sustento.  Un impulso autodestructivo que crea una pregunta en torno a la búsqueda de sentido, la idea que la vida sirve para algo más que para sobrevivir, pero no se sabe exactamente para qué.

Con la llegada de la nueva droga, la Chew-Z, el malestar de los colonos se acrecienta.  Sus alucinaciones ya no los envían a un mundo idílico, sino a su propio pasado, donde tienen la oportunidad de enmendar sus errores y cumplir el destino que acaso siempre soñaron.  Una forma, aparente al menos, de limpiar su propio karma, de alcanzar la expiación.  Sin embargo, la presencia constante de un oscuro hombre en todas las alucinaciones, que resulta al final ser el propio Palmer Eldritch, trae hasta sus vidas la inquietud por la divinidad, si hay alguien allá afuera (o peor aún, dentro de uno), superior a la propia conciencia, alguien que puede cimentar o destruir nuestro camino a la salvación, esa meta tan olvidada.

Así, una modesta novela de ciencia ficción nos va encaminando hacia las preguntas que realmente importan y que las personas a la larga están obligadas a responder antes que la oscuridad se pose encima de ellos.  La pregunta ultima sobre ese algo que “tiene un nombre que, si lo dijese, lo reconocerían, a pesar de que él jamás se lo aplicaría a sí mismo.  A raíz de la experiencia, en el curso de miles de años, desde una gran distancia.  Pero tarde o temprano, estamos condenados a enfrentarnos con eso, sin distancia ni años que nos separen”.

 Andrés Olave

 

Los Tres estigmas de Palmer Eldritch

Philip K. Dick

Minotauro

234 Paginas.

 

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