Bienvenidos al Fin del Mundo

–La Tierra es malvada.  No debemos sentir pena por ella. Nadie la echará de menos.
–Entonces, puede haber vida en otro lado.
–No, no la hay.
–¿Cómo lo sabes?
–Porque sé cosas.  Sé que estamos solos.

Melancholia es la ultima producción del siempre polémico cineasta danés Lars Von Trier, un autor cuyo fatalismo alcanza en esta ocasión proporciones cósmicas y donde es la propia humanidad la que se enfrenta a la posibilidad de su extinción producto de un planeta errante –el planeta Melancolía–, que en su curso de astro vagabundo se encuentra a punto de chocar contra la Tierra.

La historia está protagonizada por dos hermanas: Justine (Kirsten Dunst) y Claire (Charlotte Gainsbourg) y ambientada en la fiesta de boda de Justine, que se realiza en la mansión de Claire quien está casada con el millonario Jhon (Kiefer Sutherland).   La boda fracasa bien pronto, pues Justine es incapaz de comportarse a la altura: se escapa continuamente de la celebración, corre a darse baños de tina o a caminar por los bosques, eludiendo al novio y a todo el resto de los presentes, lo que parece ser un símbolo del rechazo a la comunidad y una cercanía al mundo de la naturaleza, de lo incontrolado y lo salvaje.

Justine sufre depresión, es incapaz de controlar la tristeza que anida en su interior.  Está arrasada por la melancolía y apenas puede tenerse en pie, incapaz de soportar esa fuerza poderosa que la insta a creer que la felicidad es imposible y que el destino de todos los seres y de todas las cosas es la destrucción y la muerte.

El mítico escritor Richard Burton, en Anatomía de la Melancolía atribuye a Saturno la fuerza para paralizar las almas, para crear melancolía.  Sin embargo, a medida que el planeta Melancolía se acerca hacia la Tierra, la tristeza de Justine se desvanece, consciente ya de la inminencia del fin, no tiene ya que deplorar la posibilidad de ese fin, que de remoto y teórico, ha pasado a ser una evidencia incontrastable, una verdad terrible.

El planeta se acerca, la enfermedad de Justine remite, y en cambio, son los otros los que empiezan a caer, no en la suave y elegante tristeza de la melancolía, sino en el terror y la desesperación.  En el caso de Claire, ella como mujer de alta sociedad, afiatada en lo concreto y lo real, ve como rápidamente su mundo se viene abajo, y se descubre a sí misma desarmada, sin medios para responder a lo que, desde siempre, ha sido inevitable.

Hacia el final de la trama, y en un gesto desesperado, Claire huye de la mansión, con su hijo en brazos, rumbo al pueblo, última esperanza, punto de encuentro con los otros, con los seres humanos que organizados como están en sociedad, deberían ser capaces de encontrar una solución al problema.  Pero no hay solución, ni esperanzas, y Claire es incapaz de llegar hasta el pueblo, agotada como está por la falta de aire (Melancolía roba parte de la atmosfera a la Tierra dejando a todos sus habitantes semi ahogados, boqueando inútilmente como peces que acaban de sacar de las aguas).  Claire regresa a casa, donde Justine la espera, con cara de: “te lo dije”, y el director parece decirnos: no hay manera, no hay escape para el último destino del hombre.

En ese juego doble que hay entre las dos hermanas, donde triunfa el pesimismo de Justine, y la esperanzas de Claire por la salvación se ven frustradas, es que Lars Von Trier, nos muestra, –con una fotografía de imágenes maravillosas y pertubadoras– como reaccionan los seres humanos una vez que son alcanzados por lo aciago, lo funesto, lo fatal.  Sin espacio para la religión o lo trascendente, el final solo puede ser antecedido por los vanos intentos de Claire por no parecer histérica o loca, por no gritar desesperada frente a su pequeño hijo, por no hallar la salida al dilema esencial de la existencia, el de su fin irrevocable, termino de la conciencia y de la vida, principio de la inanidad, regreso al olvido y el silencio y a la nada, a la morada final de todos los seres.

Andrés Olave

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