La luna y las hogueras de Cesare Pavese


“Aquí no hay nada, esto es como la luna”, dice uno de los personajes de la Luna y Las Hogueras, dando fe de un mundo donde las esperanzas ralean, y la desesperación hace presa de la mayoría de sus habitantes.  No importan si son pobres o ricos, la desgracia parece haberse ensañado en la zona del Piamonte, donde se cuentan historias tan sórdidas como la que sigue:


“En aquella casa ocurrían cosas lamentables.  Nuto me contó que desde la llanura del Belbo se oía gritar a las mujeres cuando Valino se quitaba el cinturón y las azotaba como si fueran animales, también azotaba al niño –no, no era el vino, que nos les daba para tanto, sino la pobreza, la desesperación de aquella vida sin salida.”

La Luna y las hogueras fue la última novela de Cesare Pavese (1908-1950), escrita un año antes de que Pavese se suicidara.  A la luz de dicho dato, uno tiende a pensar que parte de las dificultades que en aquella época envolvían al autor se traspasó a este libro cargado de decepción y desesperanza.  Una novela, a fin de cuentas, es una respuesta razonada a las propias emociones y La luna y las hogueras muy bien podría servir de telón o música de fondo, para un autor, enfrentado en aquella época, a sus días más difíciles.

Veamos de que va el argumento: después de haber hecho fortuna en America, un hombre regresa a la región del Piamonte, al pueblo donde pasó su infancia y juventud.  Ansioso de un postergado reencuentro busca referencias, rostros conocidos, pero casi todos los que conoció de joven han muerto o se han ido.  Sin embargo, los que quedan parecen replicar las mismas angustias y desdichas que antes ya sucedieron, como si el tiempo engañosamente no hubiera trascurrido, o estuviera dando vueltas en círculos:

“Algo en lo que no dejo de pensar es en la cantidad de gente que debe vivir en este valle y en el mundo a la que precisamente ahora le está sucediendo lo mismo que a nosotros entonces y no se da cuenta, no piensan en ello.  A lo mejor hay una casa, una terraza, unas chicas, unos viejos, una niña, y en verano trillan el trigo, vendimian, van en invierno de caza y viven igual que nosotros.  Y así debe ser por fuerza.  Los chicos, las mujeres, el mundo no han cambiado en absoluto.  Ya nadie usa sombrillas, el domingo se va al cine en vez de a la fiesta, se lleva el trigo al posito, las chicas fuman, y sin embargo, la vida es la misma y no saben que un día ellos mirarán a su alrededor y comprobarán que todo lo que fue suyo también ha desaparecido.”

Pavese intenta rescatar del olvido un mundo de por si perdido en la lejanía y en la desazón, un mundo de campesinos embrutecidos y azotados por la adversidad, pero también de ricos terratenientes asfixiados por las dificultades familiares, de mujeres que ansiosas por casarse con un príncipe (el síndrome de Madame Bovary podríamos llamarle), pierden primero su dignidad y luego, hasta la propia vida.

“Hay gente mala en Canelli.  Si pudieran, me quemarían viva” dice uno de los personajes hacia el final del libro, una joven que profetiza su propia muerte, símbolo del final del universo entero, donde el destino común de todas las cosas parece ser acabar en una hoguera, espejo oscuro en que el propio Pavese –en aquellos días terribles de 1950– se miraba a los ojos, poco antes del fin.

Andrés Olave

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