La isla de los perros de Daniel Davies

La Isla de los Perros es sobre sexo. Siendo más especifico sobre sexo callejero, sexo en los parques, en los estacionamientos, en pistas de tenis abandonadas. La historia transcurre en Inglaterra, en la provincia (donde viven el 90% de los ingleses, dice el autor, contraponiéndola a la siempre magnética Londres). Ahí es donde vive Jeremy Shepherd, antaño director de una prestigiosa revista masculina, quien deja su acomodada vida en la gran ciudad junto a su generoso sueldo y su BMW para volver a vivir con sus padres, trabajar en una oscura oficina ocupando un cargo menor y dedicar la mayor parte de sus energías a tener sexo con desconocidos en lugares públicos. Dicha premisa –una premisa barteblyana podríamos decir– ya es suficientemente interesante como para hincarle el diente al libro.

Davies se mueve en una línea similar a la de Michel Houellebecq, a quien le hace un breve cameo hacia el final del libro cuando menciona su opera prima Ampliación del campo de batalla. Recuerdo hace unos años que el propio Houellebecq anticipaba que lo suyo era la creación de un estilo, esa ficción plantada a medio camino de la novela y el ensayo, con mucho de análisis sociológico, tan necesaria para comprender un mundo como el nuestro, un mundo que día a día puja por hacerse cada vez más incomprensible. En todo caso, no solo de sexo va la Isla de los Perros, hay otro componente que de a poco va ganado peso, va in crescendo, hasta hacerse casi omnipresente y es la paranoia, el miedo a ser descubierto por el Gran Hermano, ese despliegue de millones de cámaras que tapizan los cielos de Inglaterra y los cuales amenazan con acabar con las correrías de Jeremy y sus amigos, quienes paulatinamente se ven encajonados dentro de la provincia inglesa, con una población totalmente embrutecida, con rasgos pacatos y a la vez sedienta de morbo, con una clase obrera violenta y racista y una policía celosa de la vigilancia pero no de la protección de los ciudadanos, un mundo que progresivamente se viene abajo, y donde Jeremý busca, no la felicidad o la satisfacción, sino apenas, la no in-felicidad, pequeñas porciones de calma después de los furtivos éxtasis nocturnos que le permitan seguir adelante, una vida pausada, lo menos dañina posible dentro del marco brutal de una sociedad cuyos valores y directrices avanzan en una sola dirección: la de acecharse mutuamente, de destruirse. No por nada es que va el titulo del libro.

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