Harakiri de Claudio Bertoni

Tuve sentimientos encontrados con este libro de Claudio Bertoni, que prima facie podrían ser confundidas con las poesías atolondradas de un fanático de Nicanor Parra, una versión menor del gran poeta de las cruces. Hay en literatura una frase cruenta: un buen libro nos habla sobre una historia, un mal libro nos da señas sobre el autor. Sin duda que en Harakiri hay poemas notables para mi gusto como:

Deja de comer / vive alguna vez / baja hasta tu hueso / y deposítate ahí / y a vivir / sin nada ahí…

Sin embargo, (el odioso sin embargo), el volumen presenta ciertos inconvenientes. La repetición de los temas por ejemplo (muerte, dios o ausencia de dios, vejez, enfermedad, lujuria) acaba por agotar al lector, ya que el punto de ataque, la garganta por donde Bertoni embiste dichos nudos existenciales, es más o menos la misma. Esfuerzo de contención y angustia ante la faldita corta de la colegiala; miedo mezclado con indignación ante la debacle del cuerpo; perplejidad, azoramiento, histeria ante la hora más oscura de todos los seres, o acaso la propia hora solamente, pues Bertoni escribe en un estilo personalísimo, demasiado enfocado acaso en su metro cuadrado, en su mundo privado; adhiere a una poesía que casi podría llamar egocéntrica. Da la impresión que la mitad del tiempo que estuvo escribiendo el libro Bertoni hubiera estado deprimido. En cambio, a ratos se suelta, se aliviana, permite el humor:

Idea de película / en que todos lloran todo el tiempo / se despiertan llorando / se levantan llorando / se duchan llorando…

O más aún, deja entrar a la belleza a sus poemas:

Si pudiéramos escuchar por un instante ese silencio / nos levantaríamos de la cama / saldríamos de una mujer / quedaríamos penetrados / y marcharíamos blancos sin sangre / como un desnudo de Paul Delveaux.

Otra de las cosas interesantes de Harakiri es el dialogo que Bertoni entabla (o intenta entablar) con prodigios de la talla de Pavese, Simone Weil, Wittgenstein o Fernando Pessoa. El dialogo sale medio desequilibrado, considerando lo portentoso del interlocutor, pero sin duda que dicho apoyo ayuda a Bertoni a extender sus alas. En resumen, una obra irregular, con ciertas sorpresas y agudas reflexiones (de parte de los invitados de Bertoni más que nada), un signo de aquello que decía Orwell, que escribir un libro era como pasar por una larga y penosa enfermedad, lo cual se observa a las claras en la dura batalla que entablo Bertoni con el texto y que el mismo es capaz de reconocer hacia el final:

Harakiri: / Leo y leo este libro / no sé si lo estoy leyendo / o me lo estoy enterrando

©Andres Olave

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