Esperando a los Bárbaros de J.M. Coetzee

Este es el decimosegundo libro de J. M. Coetzee que he leído –antes fueron Desgracia, Infancia, Juventud, Elizabeth Costello, Vida y época de Michael K., Mecanismos internos, Costas extrañas, El maestro de San Petersburgo, Hombre Lento, Foe y Diario de un mal año– lo que es una clara señal de que ciertos lectores se vuelven adictos a Coetzee. Esto no es casual ni tiene que ver con una moda literaria. En realidad, está relacionado con una cuestión más amplia, algo que podríamos llamar el peso especifico de los autores en la historia de la Literatura.

Me explico: en el último tiempo se ha discutido ampliamente acerca de la inferioridad de la literatura a partir de 1950 en relación a la escrita en la primera mitad del siglo XX. Y claro, ¿cómo nuestros escritores contemporáneos podrían plantar batalla a autores de la talla de Kafka, Joyce, Marcel Proust, Thomas Mann, Albert Camus, Hermann Broch o Robert Musil?

Peor aún sería mirar un poco más hacia el pasado, donde nos aguardan monstruos como Melville, Tolstoi, Conrad, Flaubert y Dostoievski.


“La contienda es desigual” dijo alguna vez un héroe patrio, lo que se ajusta bastante al panorama que un escritor de nuestra época debiera enfrentar intentando cruzar las puertas sagradas de la genialidad literaria. Y en nuestro mundo, en nuestra oscura época, sólo hay un hombre –a mi entender– entregado a esa batalla. J.M. Coetzee, premio Nobel en el 2003 cabe recordar, es acaso el último de nuestros escritores que intentan llegar a las últimas cimas, no por un afán olímpico, sino simplemente porque desde su juventud ha querido alcanzar su propio cenit como artista. La literatura siempre es personal; la lucha de Coetzee, antes que con el mundo y con la historia de la literatura, es consigo mismo.

Pero dejemos de lado esta diatriba que ya casi roza el panegírico y pasemos al libro mejor. Coetzee, al igual que la mayoría de sus compatriotas, debió enfrentar alguna vez la cuestión racial en Sudáfrica: apartheid, abusos, desplazamientos, segregación, torturas, asesinatos, humillaciones, injusticias. ¿Cómo hablar de todo esto sin sonar político o denunciatorio? ¿Cómo hacerlo yendo más allá del panfleto y de la coyuntura histórica?

El camino que toma Coetzee es el de una historia en un marco indeterminado, un Imperio decimonónico que busca proteger sus fronteras de un enemigo casi siempre invisible o lejano, los bárbaros. Para esto, se presentan en la frontera militares ceñudos y brutales que cogen prisioneros en los campos y los torturan en busca de información sobre inexistentes planes de invasión. Hay en la historia una espera terrible, las horas muertas que aguardan a llegada de la guerra, una espera vacía, cargada de tedio y de las bajas pasiones de cada día. La vida que se arrastra bajo los pesados engranajes de la Historia, aplastando a los actores, cuyos destinos parecen sometidos a un odio o una animadversión superior, una fuerza que viene desde lejos y que ha decidido hace mucho el destino del Imperio: su caída inexorable a manos de los bárbaros, los salvajes que los militares inútilmente, a través de la masacre y la brutalidad, soñaron alguna vez con subyugar.

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