Arrancad la semilla, fusilad a los niños de Kenzaburo Oe

La segunda novela de Kenzaburo Oe, contiene los clásicos elementos característicos de su obra: amplias dosis de violencia sicológica, brutalidad animal y largos pasajes de una belleza casi lírica. Ambientada en las postrimerías de la Segunda Guerra mundial, Arrancad la semilla, fusilad a los niños, trata de un grupo de huérfanos que son evacuados de Tokio por el peligro de los bombardeos, pero que una vez fuera de la ciudad, descubren que en realidad su destino le es totalmente indiferente a cualquiera que se crucé en su camino. Mal que mal, es el fin de una era en Japón y nadie tiene tiempo para ocuparse de mocosos desarreglados, potenciales ladrones o vándalos. De esta mirada se desprende un pequeño pedazo de infierno para los huérfanos, quienes deben luchar por sobrevivir en un mundo, que desde el comienzo, les ha dado la espalda y los ha hecho vivir bajo el imperio de una ley sumamente dura y de castigos dolorosos y cruentos para los infractores.

Y sin embargo, este es un libro denodadamente bello.

Pese a que la violencia impregna desde sus primeras páginas el relato, también lo hace la naturaleza. Kenzaburo Oe se extiende continuamente sobre los bellos paisajes: ríos, campos, bosques, montañas y cielos que recorren los huérfanos en su éxodo hacia ninguna parte. Son las pausas, los ínter tantos a los momentos donde les toca ser apaleados, torturados o abandonados a su suerte. Es allí cuando hay tiempo para mirar con atención ese otro mundo que se opone al brutal reino de los seres humanos: el mundo natural, el mismo que permite ocultarse del enemigo o, en su horizonte, ofrecer la promesa de un escape definitivo.

De este modo, Kenzaburo instala a sus criaturas sobre esa cuerda floja puesta entre dos abismos, prueba máxima para el carácter. Y en una época en que vivimos tan adormilados, embrutecidos por el trabajo y la propaganda, vale la pena echar una mirada a los oscuros meandros del corazón humano, a todo el potencial de choque de que son capaces los seres y que es harto mejor que simular perplejidad ante los débiles dramas que nos proponen, día a día, el cine o la televisión.

©Andres Olave

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