Para una estética del Apocalipsis.

Vivimos años cruciales.  Así nos dicen los conspiranoicos.  Que se viene el 2012, el planeta Nibiru, el cometa Elenin, los extraterrestres, los ataques con Haarp y un largo etcétera de peligros que acechan desde el espacio. No solo eso, los economistas andan huraños, evasivos.  Dicen Crisis Financiera como eufemismo para no tener que decir Recesión que a su vez es también un eufemismo para no tener que decir Depresión.  Como sea, los terremotos aumentan, lo mismo que los tsunamis, huracanes y tifones, las especies mueren por miríadas, el mundo entero, en suma, se viene abajo.

Pero concedamos, por un momento, que todos estos peligros que acabo de mencionar pueden ser conjurados.  Que llegamos al 2012, seguimos a 2013 y no ocurre ninguna mega catástrofe natural, la economía mejora, el mundo sigue adelante.  Supongamos que no ocurre ningún cataclismo, que todo fue, de alguna manera, un delirio colectivo, una fantasía o error de proporciones pantagruélicas, que después de todo, no tenía nada que ver con nuestro luminoso devenir.  Si así fuese, queda aún una cuestión por visitar, un tema estético de por medio, que quiero aquí intentar retratar.

Si uno dice los años sesenta… ¿qué es lo que se viene primero a la mente?  Uno piensa en la revolución de las flores, en el mayo del 68 francés, en hippies, drogas lisérgicas, mucho sexo, amor y paz.   Así pasa con cada década en general (nuestros noventa siempre serán la época de la transición a la democracia por ejemplo).  Desde ese punto de vista, me interesa analizar los primeros años del siglo XXI, una época que, si bien, podría ser llamada del Internet y las redes sociales, me parece, posee un marcador mucho más potente, más significativo y que cada vez cobra más fuerza.

El Apocalipsis.

No se lo tomen a mal los ateos o los escépticos.  Ya he explicado que hago este análisis considerando positivamente la posibilidad que nada acontezca a fin de cuentas.  Lo que me interesa, recalco, es la estética de la cuestión, a saber, como los cánones de la belleza, –belleza literaria al menos– se ven afectados por el Fin de Mundo.

Intentemos, primero delimitar un poco el fenómeno.  Si bien las fronteras de este periodo son inciertas, en principio, podríamos consignar que se produce entre los años comprendidos entre 2000 y 2012, las dos K., a saber el Y2K y el próximo 2012K.   Si alguien recuerda, el Y2K fue el evento (o la esperanza de que éste evento sucediera) que se suponía iba a ocurrir cuando llegara el año 2000 y los relojes de muchas computadoras antiguas volvieran a cero, incurriendo en el error de creer que estábamos en el año 1900, lo que produciría, casi por pura inercia feroz, un desbarajuste en nuestros sistemas computacionales, y de ahí el caos global.  Huelga decir que nada ocurrió, sobrevino el año nuevo, sonaron las trompetas, cayeron las serpentinas, hubo fiestas, bailes, lujuria y al día siguiente, nada nuevo pues, de vuelta al trabajo[1].   Acaso el 21 de diciembre de 2012 sea más o menos igual, una fecha que se espera con ansias/morbo/temor/anhelo destructor, pero después, cotejado de frente al principio de realidad de que nada ocurrió, habría que volver a la cruda mundaneidad.  Esos, en principio podrían ser los límites de esta época, a menos que el cataclismo realmente se desencadene y entonces sus límites (y su clamor desesperado) se extenderían con justa razón.

Consideremos ahora la cuestión de los significados.  ¿Qué significa Fin del Mundo?  Recuerdo que una vez puse una noticia en facebook sobre el aumento de los terremotos y un amigo puso algo así como: ¡que bueno!  ¡Que toda esta porquería se acabe pronto!  He de aclarar, en este punto, que ese amigo es un ingeniero que gana fácil más de dos millones de pesos mensuales.  Entonces, cabe experimentar un cierto grado de duda o asombro ante el hecho que un profesional bien instalado en el seno de nuestra sociedad puede demostrar tanto regocijo ante la posibilidad inminente de un desastre cataclismito que modifique o acabe con nuestras vidas.   Hay una cuestión valorica de por medio, me parece, una pulsión nihilista podríamos llamarla. Como si los valores burgueses-capitalistas de nuestra sociedad hubiesen desencantado a una parte importante de la población, y esta, sin la posibilidad ya de creer en las viejas y gastadas  utopías, se volcara ahora a creer en –parafraseando a Saddam Hussein– la madre de todas las utopías: el devenir de los últimos tiempos, del fin de todas las cosas.

Bajo un escenario así, la obligación del artista salta a primera vista: retratar una época que se llama a si misma, la ultima de todas las épocas, extender su mirada sobre los objetos que a estas alturas, producto de su fragilidad e inminente rotura, debieran estar en un estado de permanente vibración, o de temblor, castañeo de dientes de los condenados ante la perspectiva del fin.

En relación a este mismo problema, alguna vez le consulte al mismísimo Jonathan Franzen y él contestó: está en construcción un mundo absolutamente polarizado donde no hay puntos medios, solo un arriba y un abajo.   Es una gran tragedia para la mayor parte de la humanidad, pero las grandes tragedias dan siempre la opción de escribir grandes historias.

Sus palabras fueron una revelación, pues Franzen no solo confirmaba en cierto modo los temores de la peble conspiranoica, sino que agregaba un valor muy importante al asunto, un valor estético.   El fin del mundo como oportunidad para contar una gran historia.   En efecto, el propio libro del Apocalipsis es una gran historia y los teólogos no anduvieron para nada mal eligiéndolo como último capitulo de la Biblia (y por regla general las historias de aventuras suelen terminar con una gran explosión).

Arribamos entonces a una cuestión delicada.   Porque si en un primer momento la estética del Apocalipsis se asocia exclusivamente en lo que podríamos llamar la literatura de catástrofes, y me refiero aquí a libros como La Guerra de los Mundos de HG Welles o El Mundo Sumergido de JG Ballard entonces estamos en problemas.  Porque el teórico, obligado aquí a establecer ciertos criterios diferenciadores (¿no es eso lo que hacen los teóricos?) debería decir que no sólo es necesario que un libro contenga catástrofes, sino que estas catástrofes amenacen con significar el fin del mundo.

Pero he ahí el problema, el punto en que el teórico se atrapa los dedos con la puerta.  Porque al ponerse purista (o estricto) en su diferenciación, al declarar orgulloso que solo libros como el Planeta Errante de Fritz Leiber o la más novísima, La Carretera de Cormac McCarthy, entonces ha incurrido en un error grosero que el profesor Borges vendrá rápidamente sacará a la luz:

 

“Toda literatura es simbólica  –dice Borges en el prologo de Crónicas Marcianas–; hay unas pocas experiencias fundamentales y es indiferente que un escritor, para trasmitirlas, recurra a lo “fantástico” o a lo “real”, a McBeth o a Raskolnikov, a la invasión de Bélgica en agosto de 1914 o a una invasión a Marte”. 

 

Dictado eso, podríamos de alguna forma encontrar que nuestra teoría se azota contra un muro. ¿Por qué acaso Titus Andronicus no es una obra netamente apocalíptica?  Bajo la noción borgeana lo sería por supuesto, un mundo entero (el de Titus) que se viene abajo, y luego una esperanza, fundada en el deseo de venganza, como única alternativa para continuar.   Miramos entonces al fiero teórico del Apocalipsis, quien niega con la cabeza y dice: es necesario que se retrate además nuestra época.  Sino, ¿como sabrá el lector de lo que estamos hablando?  Si lee Titus Andronicus puede (a través de la empatía) sentir el dolor, la humillación de Tito, pero en ningún caso quedara avisado que ese destino muy pronto podría ser suyo.

Esa es la cuestión entonces.   He ahí otro puntal crucial, que podríamos definir como: la literatura del Apocalipsis no apunta sólo a escribir sobre los últimos tiempos libros que incluyan un gran desastre, sino que también debe servir de advertencia al lector sobre el eventual futuro que le aguarda.   Dicho de otra forma, lo que se valora de estos libros es su función profética, que de alguna manera, emula a la del propio Libro del Apocalipsis.

Póngameles una penúltima cortapisa al teórico, antes de terminar.  Su propuesta, al principio, fue que cada década era marcada por un signo (los 60, las flores), lo que históricamente es correcto.  Sin embargo, aquí no se está hablando de acontecimientos, sino de literatura, cuyos tiempos suelen ser más amplios y difusos y en ningún caso reducible al pequeño espacio de tiempo de una década.  Volvemos a mirar (quizás con cierta socarronería) al teórico, a ver como se defiende ahora, pero este parece tranquilo, muy seguro de si mismo:

Hay por supuesto que hacer una concesión en este sentido.   Todos los libros que se enmarquen dentro de las características ya explicitadas (catástrofes cataclísmicas, contemporaneidad, función profética), pertenecerán a la literatura del Apocalipsis.  Esto es necesario puesto que, si el fin del mundo sobreviene finalmente, no habrá oportunidad entonces para posteriores escrituras, es decir, es un periodo muy breve de tiempo para escribir una tremenda historia y por eso, se le concede a los autores del pasado que previeron este fenómeno, hacerse parte de esta Nueva Escuela.

Los teóricos, al parecer, saben siempre como escabullirse.  En fin, ya es tarde, hora de irse a dormir, así que cansado, le lanzó mi última carta, mi As, la que tuve preparada desde el principio, algo que Anthony Burguess escribe en uno de sus ensayos:

“Como todos somos solipsistas y todos nos morimos, el mundo muere con nosotros.  Solamente la literatura muy menor se ocupa del Apocalipsis”.

El teórico desestima el golpe con un gesto de la mano que parece decir: no me vengas con esas. Me muestra el libro de Cormac McCarthy (la carretera), como diciendo ¿esto te parece literatura menor? Pero a continuación se encoge de hombros y sonríe, aunque su sonrisa está teñida de una cierta tristeza, una melancolía casi.  Y luego dice: ojala, la literatura del Apocalipsis no fuera una literatura muy menor, sino que no existiese en absoluto.  Que el mundo de los seres humanos continuara para siempre, con sus vaivenes y tragedias, pero sin la promesa inminente de un terrible fin común a todos. 

 

Luego, el teórico calla, ya no tiene nada más que decir.  Se desvanece, deja vacío el asiento en frente mío que ocupaba hace un instante, y quedo a solas en mi escritorio, desprovisto ya de sus fantasmas.  El silencio parece invadirlo todo.  Yo aparto también mis manos del teclado, parece que en verdad ya no hay nada más que decir.

saludos

[1] De todos modos el verdadero cataclismo vendría un año después, el 11 de septiembre de 2001, fecha que nadie olvidara mientras viva y que cambió violentamente el curso de la historia contemporánea.

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