Las clases de escritores.

Anoche, en una de esas veladas literarias que suelo organizar con mis amistades surgió el tema, o la controversia bizantina si se prefiere, acerca de quien es y quien no es escritor. Hubo variadas opiniones, argumentaciones surtidas, discusiones, caras enrojecidas por la rabia, amenazas de violencia física, cachetadas y llantos. A la mañana siguiente, después de tomarme un analgésico para el dolor de cabeza producto de los numerosos bebidas alcohólicas que había consumido junto a la créme de la créme de la comunidad literaria san pedrina y después de abrir las ventanas para que se airee un poco la casa, me siento, me veo llamado a la obligación, de resumir los corolarios o conclusiones a las que llegaron mis conocidos la noche pasada acerca del tópico en cuestión:

1.

 

En principio se puede hablar de dos clases de escritores.  Los primera de estas clases son los escritores que podríamos llamar naturalistas, aquellos que parecen no sentirse de ningún modo a gusto haciendo otra cosa que no sea escribiendo.  Escritores que no tienen una pulsión por escribir sino que básicamente no tienen pulsiones por ninguna otra cosa y que han interiorizado, acaso desde la más tierna infancia, el consejo que Raymond Queeneau le dio a Margarita Duras: usted escriba y no haga nada más.  Cuando pedí ejemplos de esta categoría, alguien anoche sugirió Rilke, lo que fue respondido con un grito o un alarido reprobatorio de uno de los presentes, aduciendo que Rilke era poeta, y no escritor (otra vieja y bizantina discusión).  Al final, después de un par de amenazas histéricas, se decidió que ejemplos, más o menos cercanos de estos escritores serían gente como Martin Kohan o Alejandro Zambra, gente que no puede decirse que están fuertemente inclinados hacia la literatura, porque eso implicaría un movimiento de cercanía, de proximidad de dos entes distintos, y en realidad, son personas que respiran, hablan y piensan literatura las 24 horas, que acaso, son la Literatura en sí mismos.

2.

 

La otra clase de escritor, aquellos que podríamos llamar positivistas, son aquellos que pese a estar separados del núcleo, poseen un ímpetu tal, un deseo tal (impregnado de voluntad por supuesto, no basta con el puro anhelo), de convertirse en escritores, que con mucho trabajo duro de por medio, finalmente lo logran. Ejemplo de esta clase, me parece, son gente como Stephen King o James Ellroy, personas que dieron todas sus energías al objetivo de llegar a ser escritores (y que al final lo consiguieron sobradamente).  Me parece innecesario agregar que casi la totalidad de los presentes de la velada aseguraban pertenecer a esta categoría.

 

3.

 

Luego de hablar en serio, suele en las reuniones venir el relajo. Y considerando que ya se había establecido lo esencial que se podía decir del asunto de los escritores, vino a continuación el infame conventilleo.  Rápidamente alguien sugirió que había, por supuesto, una tercera clase de escritores, aquellos que más que estar comprometidos con el arte, se sienten fuertemente comprometidos con las regalías que ese arte provee. Supongo que de esta clase son lo que Salinger llamaba: charlatanes y patanes que venden libros. Gente que está en la literatura porque descubren que es un lugar maravilloso para alimentar su ego, ya de por si gigantesco, o al menos (estos son una minoría claro esta), para hacerse ricos.  No repetiré ni uno solo de los innumerables nombres que se mencionaron anoche para no granjearme enemigos, pero si uno sigue la ley de Sturgeon[1], deducirá que la mayoría de los escritores pertenecen lamentablemente a esta categoría.

 

 

4.

 

Otra categoría interesante es la de aspirantes a escritores: aquellos que no son escritores pero pujan por serlo o (más ingenuamente) creen que lo son, sin serlo.  De estos hay por montones, de hecho, son los que pululan por los talleres literarios (que es un poco como el curso bachillerato de la universidad desconocida, un nivel básico que nunca logran traspasar por lo general).  En este nivel lo que sobra son los gestos: mucha conversación de café, mucha pose intelectual, mucho lente de marco grueso, mucho libro jamás leído bajo el brazo.  De alguna manera el aspirante a escritor desea poseer la imagen del escritor, aunque claro sin darse el trabajo de pasar por la universidad desconocida (que son de 7 a 11 años de trabajo solitario e intenso por lo general).

 

 

5.

 

Por ultimo, recordar que no hay que ser tan tajante con esto de las categorías, ni caer pesadamente en la dicotomía de los que si y los que no. He conocido escritores con un talento maravilloso que jamás desarrollaron el oficio (y por ende nunca fueron a ningún lado), y he conocido patanes innombrables encumbrados en lo más alto.  La vida es injusta y la literatura no es ajena a ese dictamen.  Sin embargo, espero (y ruego) que aquel que en el fondo está llamado a ser un buen escritor, sabrá hacer su camino, podrá cruzar esa jungla plagada de monos delirantes (como decía Bolaño a propósito de los escritores), y llegar hasta la Palabra, ese punto de fuga, ese hogar soñado, el lugar donde todo cobra sentido, o los sentidos se olvidan y se hacen innecesarios; una suerte de Nirvana del escritor, sea lo que sea eso, epifanía, momento de éxtasis, o simplemente repetición incesante de días y días frente al escritorio, sentado allí no para construir un futuro, sino para creer en el presente, o en el tiempo, en lo único que realmente poseemos y que a toda velocidad, se escapa de nuestras manos.

 

 

 

[1] La Ley de Sturgeon, dictada por el famoso escritor Theodor Sturgeon, surge cuando en una entrevista le preguntaron al escritor por qué la ciencia ficción de su época (años 60s) solía ser de tan baja calidad.  Sturgeon fue tajante: la ciencia ficción por lo general será mala porque el 90% de todo es basura.  O dicho de otro modo: en cualquier actividad del quehacer humano, la mayor parte de los ejecutantes no serán totalmente aptos, cumpliendo apenas de manera suficiente o mediocre su cometido, y solo unos pocos (una elite si se prefiere) estará realmente a la altura de lo que exige una determinada disciplina.   Este enunciado puede compararse con el Principio de Pareto, que matemáticamente demuestra que el 80% de todo es basura.

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