El Imperio del Dinero

Veo llegar a mi polvoriento pueblo a un grupo de estudiantes de astronomía.   Son jóvenes, su universidad está en paro, así que vienen a San Pedro a hacer lo único que queda por hacer en la vida: ganar dinero.   Al día siguiente los visito en su improvisado hogar, donde viven hacinados, en extrañas condiciones: sacos de dormir mezclados con telescopios, mantas y cojines arrumados con binoculares y mapas estelares.   Oigo el discurso de inducción del líder de la banda: ganaran 20 lucas diarias más propinas, eso no lo ganan en ninguna otra parte.  Los jóvenes astrónomos asienten, profundamente convencidos.  Por la noche, con una botella de vodka en medio, converso con uno de ellos: admite que desde que se inicio el paro estudiantil no sabe que hacer con su tiempo, que tantos años estudiando astronomía, hicieron de él poco menos que un ermitaño perdido entre libros y complejísimos cálculos.


El problema es interesante desde distintos puntos de vista que intentare revisar someramente:

1. la cuestión del tiempo.  No es como diría Proust, el tiempo perdido.  Es en realidad, el tiempo sin dueño.  Pareciera ser que si al ciudadano promedio un ente externo, llamase profesor, padre o jefe no le dice como ocupar la mayor parte de su tiempo, éste queda a la deriva, naufrago, entregado a la luz catódica del televisor o la pantalla del computador.   Un pájaro salio en busca de una jaula, decía Kafka, lo que parece ser el imperativo de nuestra época: buscar rápidamente una servidumbre, un lugar donde nuestro tiempo se trasforme en la mayor cantidad de dinero, y no hay nada más de que hablar.

2. la cuestión de la soledad.   Una de las formas más comunes de hacer mucho dinero es ser un especialista, es decir, hacer algo que muy poca gente es capaz de hacer, léase, cardiólogos, ingenieros con MBA, geólogos o astrónomos si ya estamos en eso.  Es decir, que para ganar mucho dinero hay que convertirse en miembro de una casta, la casta más pequeña y exclusiva posible.   Ahora, independiente de la cifra con siete ceros que son depositados a fin de mes en la cuenta corriente, que pasa –me preguntó–, con la relación que tienes los especialistas con los demás.  Norman Mailer escribía por ahí sobre como el hombre del siglo 20 uso sus habilidades para separarse de todo el resto.  Mailer dice: eligieron ser especialistas y la sociedad tendió a reunirse en pequeñas charcas estancadas. ¿Quién puede viajar a muchos lugares cuando la complejidad de cada charca absorbe la atención de uno como una flor carnívora? Es decir, el hombre moderno está atrapado en sus jaulas, jaulas de oro si se quiere, pero irremediablemente separado del resto, merced de la especialización, la fuerza que lo excluye, que lo aísla, que lo encierra en su pequeña nuez, desde la cual, jamás tendrá permitido soñar con el infinito espacio.

3. la cuestión del dinero como valor.  En Derecho se usaba el terminó orden de prelación, o si se quiere, prioridades, o que se pone en primer lugar,  Pues bien, aquí el dinero vuelve a reinar.  Oí por ahí a uno de los astrónomos decir que ahora que iba a vivir en San Pedro (por sus negocios obvio) iba a tener que terminar con su novia. Mientras lo decía el ceño no se le arrugaba en lo más mínimo, no mostraba el menor atisbo de dolor.  Como si no tuviese sentimientos hacia su novia, o peor aun, pensara: si vengo aquí a ganar dinero todo estará bien.  Algo así como el señor es mi pastor, nada me faltara, reemplazable por: el dinero es mi pastor, si lo tengo nada me faltara.

4. la cuestión de los negocios.  En un mundo así, claro, lo importante, lo esencial es montar tu negocio, ser tu propio jefe y hacerte rico lo más pronto posible.   Es el mundo de las grandes corporaciones, pero también de las pymes; el mundo de los ejecutivos businees, pero también de los emprendedores.   De un modo u otro, arriba o abajo, hay un lugar para todos, un destino único, un solo objetivo, al cual se puede acceder desde cualquier punto de la pirámide social.   Ya hace más de un siglo Flaubert lo decía: “llegará un tiempo en que todo el mundo se habrá convertido en hombre de negocios (para entonces, gracias a Dios, ya habré muerto). Peor lo pasarán nuestros sobrinos. Las generaciones futuras serán de una tremenda grosería”.

 

En fin, supongo que el problema tiene raíces profundas, oscuras, tétricas.  Por supuesto, mi opinión está a trasmano de la opinión generalizada, contradice totalmente el ethos de nuestra época.  Uno es la voz del asceta perdido en el desierto, un susurro vago, casi inaudible en medio de los gritos de la multitud que vocea a diestro y siniestro su anhelo de alguna vez ser ricos, ser distintos a lo que ahora son, pobres seres a la deriva, cuyas vidas, ese inmenso acerbo desperdiciado, les sobra y les molesta.  Seres que no creen que haya nada mejor por hacer que convertirse en personas adineradas, las mismas acaso que han visto en televisión y que lucen un brillo que contrasta con sus propios cuerpos, llenos de oquedades y trechos oscuros, cuerpos que anhelan frenéticos el delicioso éxtasis que promete el oro, aquel mundo soñado.

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