Las clases de escritores.

Anoche, en una de esas veladas literarias que suelo organizar con mis amistades surgió el tema, o la controversia bizantina si se prefiere, acerca de quien es y quien no es escritor. Hubo variadas opiniones, argumentaciones surtidas, discusiones, caras enrojecidas por la rabia, amenazas de violencia física, cachetadas y llantos. A la mañana siguiente, después de tomarme un analgésico para el dolor de cabeza producto de los numerosos bebidas alcohólicas que había consumido junto a la créme de la créme de la comunidad literaria san pedrina y después de abrir las ventanas para que se airee un poco la casa, me siento, me veo llamado a la obligación, de resumir los corolarios o conclusiones a las que llegaron mis conocidos la noche pasada acerca del tópico en cuestión:

1.

 

En principio se puede hablar de dos clases de escritores.  Los primera de estas clases son los escritores que podríamos llamar naturalistas, aquellos que parecen no sentirse de ningún modo a gusto haciendo otra cosa que no sea escribiendo.  Escritores que no tienen una pulsión por escribir sino que básicamente no tienen pulsiones por ninguna otra cosa y que han interiorizado, acaso desde la más tierna infancia, el consejo que Raymond Queeneau le dio a Margarita Duras: usted escriba y no haga nada más.  Cuando pedí ejemplos de esta categoría, alguien anoche sugirió Rilke, lo que fue respondido con un grito o un alarido reprobatorio de uno de los presentes, aduciendo que Rilke era poeta, y no escritor (otra vieja y bizantina discusión).  Al final, después de un par de amenazas histéricas, se decidió que ejemplos, más o menos cercanos de estos escritores serían gente como Martin Kohan o Alejandro Zambra, gente que no puede decirse que están fuertemente inclinados hacia la literatura, porque eso implicaría un movimiento de cercanía, de proximidad de dos entes distintos, y en realidad, son personas que respiran, hablan y piensan literatura las 24 horas, que acaso, son la Literatura en sí mismos.

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Para una estética del Apocalipsis.

Vivimos años cruciales.  Así nos dicen los conspiranoicos.  Que se viene el 2012, el planeta Nibiru, el cometa Elenin, los extraterrestres, los ataques con Haarp y un largo etcétera de peligros que acechan desde el espacio. No solo eso, los economistas andan huraños, evasivos.  Dicen Crisis Financiera como eufemismo para no tener que decir Recesión que a su vez es también un eufemismo para no tener que decir Depresión.  Como sea, los terremotos aumentan, lo mismo que los tsunamis, huracanes y tifones, las especies mueren por miríadas, el mundo entero, en suma, se viene abajo.

Pero concedamos, por un momento, que todos estos peligros que acabo de mencionar pueden ser conjurados.  Que llegamos al 2012, seguimos a 2013 y no ocurre ninguna mega catástrofe natural, la economía mejora, el mundo sigue adelante.  Supongamos que no ocurre ningún cataclismo, que todo fue, de alguna manera, un delirio colectivo, una fantasía o error de proporciones pantagruélicas, que después de todo, no tenía nada que ver con nuestro luminoso devenir.  Si así fuese, queda aún una cuestión por visitar, un tema estético de por medio, que quiero aquí intentar retratar.

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El Imperio del Dinero

Veo llegar a mi polvoriento pueblo a un grupo de estudiantes de astronomía.   Son jóvenes, su universidad está en paro, así que vienen a San Pedro a hacer lo único que queda por hacer en la vida: ganar dinero.   Al día siguiente los visito en su improvisado hogar, donde viven hacinados, en extrañas condiciones: sacos de dormir mezclados con telescopios, mantas y cojines arrumados con binoculares y mapas estelares.   Oigo el discurso de inducción del líder de la banda: ganaran 20 lucas diarias más propinas, eso no lo ganan en ninguna otra parte.  Los jóvenes astrónomos asienten, profundamente convencidos.  Por la noche, con una botella de vodka en medio, converso con uno de ellos: admite que desde que se inicio el paro estudiantil no sabe que hacer con su tiempo, que tantos años estudiando astronomía, hicieron de él poco menos que un ermitaño perdido entre libros y complejísimos cálculos.


El problema es interesante desde distintos puntos de vista que intentare revisar someramente:

1. la cuestión del tiempo.  No es como diría Proust, el tiempo perdido.  Es en realidad, el tiempo sin dueño.  Pareciera ser que si al ciudadano promedio un ente externo, llamase profesor, padre o jefe no le dice como ocupar la mayor parte de su tiempo, éste queda a la deriva, naufrago, entregado a la luz catódica del televisor o la pantalla del computador.   Un pájaro salio en busca de una jaula, decía Kafka, lo que parece ser el imperativo de nuestra época: buscar rápidamente una servidumbre, un lugar donde nuestro tiempo se trasforme en la mayor cantidad de dinero, y no hay nada más de que hablar.

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